domingo, 8 de octubre de 2017

Cuento cartagenero

Torturada por los fantasmas de la histórica casa, Alicia sale todos los días a eso de las 4 a recorrer las calles adoquinadas entre el baluarte de San Juan y la plaza de Santa Clara en su silla motorizada. Aunque los años blanquearon su sien y curtieron la piel cetrina de sus brazos, su arrugado rostro muestra a la vez la distinción de ser la última marquesa de Consuegra y la esperanza de que este día sí encontraría al hombre que la amó antes de regresar al Louisville. En su mente sólo existía esa posibilidad desde que lo despidió en la bahía, prometiéndole escribirle a diario y un pronto encuentro. Alicia lo supo desde que lo vio por primera vez, desorientado por allá en los tiempos en que Santo Domingo estaba cayéndose a pedazos y nadie venía. Con el inglés burdo y atropellado que aprendió en el Marymount hasta que pudo pagarlo, le preguntó qué buscaba. Quería hallar una oficina de correos para poner un telegrama. Se ofreció a acompañar al apuesto joven a quien la blancura de los dientes y las charreteras del uniforme contrastaban con su tez oscura, pero diferente a la de Aminta y Bernardo. Tal vez fuera el uniforme de la armada o el dejo de Tennessee en su acento, pero algo la atrajo locamente. Y se ofreció a acompañarlo al correo y a mostrarle la ciudad. El viejo Mauricio sólo se enteró a los dos días, cuando nadie le dio señal de por qué su hija no estaba a la hora de la cena. Aminta no la vio por andar en la cocina con su hija Leonor: Bernardo había lavado el Buick después del viaje a Manzanillo, y los fantasmas de los marqueses de Consuegra no aparecían sino después de las 8. La respuesta la tenían los de la tienda en lo que fuera la cochera. Alicia y su Jeffrey se habían ido a caminar su idilio mientras tomaban Jack Daniel's a poco de botella, y habían agarrado hacia los descampados de San Diego. Sí, estaban seguros: ninguna otra niña de 15 años había ido hacia allá muerta de la risa y en gancho con un marinero gringo negro. Para don Mauricio, que aunque se apellidaba Samudio firmaba "de Consuegra", la situación estuvo al borde de provocar una apoplejía. ¿Alicia, la niña de sus ojos, con un negro? ¿Tomando alcohol a sus 15? ¿Y en el descampado de San Diego? Sacó la escopeta de su gaveta, prendió el Buick recién lavado y casi arrolló a Bernardo al salir disparado en su afán de recuperar el respeto de su casa, una de las más prestigiosas de Cartagena. Cuando vio a la niña, está exhibía sus rizos dorados y su tez pálidarecostada en el pecho del marinero, que le narraba entonces sus peripecias en un desembarco a Nicosia. El viejo frenó en seco y dejó a los dos jóvenes enceguecidos, dos cervatillos ante el arma despiadada del cazador. - ¡Yo mato a este negro hijueputa por violar a mi hija! Jeffrey, que a duras penas mascullaba tres palabras de castellano, le dijo que sacaría el arma, pero por delante se puso Alicia y pidió clemencia a su padre. - Nada de eso, hija, ¡quítate que lo mato así te mate! Don Mauricio apuntó y haló el gatillo, pero la escopeta se encasquilló. Con un sonoro "carajo!" la lanzó al suelo: la pólvora estalló y un perdigón casi imperceptible se metió en la desnuda espalda de Alicia. El marino saltó a protegerla mientras se desplomaba, pero el colérico padre trató de meterle un culatazo. De un puño, Jeffrey logró noquear al viejo y se fue con Alicia al hospital naval. Mintió que la había salvado de un robo, vio cómo le sacaban una novedosa placa de radiografía y se despidió prometiéndole con todo el amor del mundo que le iba a escribir apenas zarparan de Cartagena. Un día se reunirían en su natal Chattanooga y serían felices. Más duró en zarpar el Louisville de la bahía que el viejo Mauricio en lanzar un escándalo nacional. Juró que el escopetazo había sido obra del marinero negro, que había tratado de violarla y que ese infame pagaría con la pena capital. Logró pedirle al cónsul que le hicieran juicio marcial: a los tres días Jeffrey recibió la descarga deshonrosa por el escándalo en el que había metido a los Estados Unidos de América, y se esfumó. Alicia vaga con la silla motorizada por el centro histórico para evitar que el fantasma de su padre y los otros marqueses sigan repitiendo esa infamia. El perdigón no solo le quitó el uso de sus piernas, sino la relación con su padre y el deseo de otro cuerpo que no sea el de Jeffrey. Cuando al viejo lo devoró la pleuresía, tapió la puerta de su habitación, y ahora solo le queda Leonor. Ella la apremia para que salga y le muestre al próximo gringo perdido en La Heroica dónde queda lo que quiere encontrar. El Buick quedó sepultado bajo una mata de maleza que también destruye la pared que separa el parqueadero de la habitación paterna. La escopeta sigue en su portaequipajes, al lado del nido de ratones que se come el baúl donde el viejo colérico condenó al olvido las más de 600 cartas que la hija que había dejado sin piernas nunca leería, provenientes de Chattanooga.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

This is the end...

Pongamos de una vez a Jim Morrison.




Mientras escribo esto, los Estados Unidos han votado y eligieron a Donald Trump como presidente. Sí, el tipo bronceado que dijo que se comería a la hija si no fuera la hija, que fue grabado diciendo que podría coger a cualquier mujer por la vagina, que cree que el calentamiento global se lo inventó China, cuya primera promesa de campaña es construir un muro para evitar que se metan los mexicanos (y que lo pague México). Ese hobre es el que va a gobernar el país más poderoso del mundo.

Hay muchos análisis que hacer. Si el miedo hizo que más viejos blancos votaran. Si funcionó la discriminación en las urnas contra negros y latinos. Si los millenials no salieron a votar. Todas las mismas excusas que escuchamos para analizar los resultados del brexit y del No se repetirán.

"No importa lo que ocurra, el sol saldrá mañana", dice Obama, pero es sinceramente aterrador pensar que Trump es presidente. Un tipo sin ideas, sin habilidad, no puede estar al lado del botón. Es básicamente lo mismo que se decía en los 80 de Reagan, con la diferencia que Reagan tuvo algo de experiencia mediante la gobernación de California.

Podemos decir que la gente es estúpida, pero esa no es la solución. La gente es inteligente, o al menos la que yo he conocido: otra cosa es que solo piense en lo que los afecta, llámese "no pagar más IVA a las Farc" o "quitarle trabajos a las fábricas mexicanas para devolverlo a Estados Unidos". El argumento de la idiocracia es tentador, pero simplón.

Ahora solo queda abrazarse, porque es más que probable que un empresario acusado de violaciones presione el botón de la bomba atómica luego de que lo insulta, digamos, Kim Jong-Un. Y que se diga a sí mismo "you're fired".

Por eso tengo miedo...

martes, 9 de agosto de 2016

Marchita por la familia

La marcha que mañana se realizará en varias ciudades del país contra el supuesto "adoctrinamiento" del Ministerio de Educación ha sido llamada por sus promotores, la Iglesia Católica y repentinas protectoras de la moral y buenas costumbres como las senadoras María del Rosario Guerra y Thania Vega, como una "marcha por la familia".

¿Qué es proteger la familia para estos defensores de la tradición? Parece ser impedir la idea de reconocer que en un aula de clases hay espacio para otras visiones que no sean las sacadas de la Biblia católica. Que la idea de un niño de conocer su orientación sexual se origina en el hostil ambiente de un salón de clases en vez de en su casa. Que porque sus hijos sepan que hay algo más que el papá y la mamá en la vida, se van a convertir en miembros de un frenesí sexual desinhibido, propio de Sodoma o de Babilonia.

La Iglesia tiene muy claro el motivo de su oposición. Es lógico: va en contra de la tradición y las costumbres que impuso y controló con su llegada de mano de los conquistadores en el siglo XVI. 500 años de dominio no se pueden perder tan fácil, sobre todo considerando todo el espacio que se ha perdido.

Hace 100 años los curas imponian qué enseñar. Hoy aseguran que decirle a los niños que ese hombre con falda no es una violación a la ley divina y una aberración a los ojos de Dios es una imposición. Ese poder de moldear los designios de Dios para moldear la política y la sociedad ha sido perdido y de qué forma.

Lo mismo sucede con tantos honorables personajes de la política y la sociedad que gritan su rechazo a la idea de que los niños aprendan algo que deberían aprender en su casa. Rechazan que un niño, tal vez un hijo suyo, sepa de la existencia de esa... de esa gente.

Así se perpetúa la discriminación. Con padres incapaces de pensar que esa ignorancia los somete a aún más riesgos porque no imaginan que sus angelitos debían saber de condones hasta que la curiosidad loa impulsa a tener relaciones sexuales sin protección y a un embarazo adolescente o una ETS. Con familias que no creen que un niño pueda entender algo como "ese señor está vestido de señora porque se siente más cómodo así, cree que es una señora metida en el cuerpo de un hombre" porque ellos le tienen pavor a esa idea: de sentirse feliz y cómodo con un estándar distinto al propio.

Cada quien construye su identidad y la moldea con sus experiencias personales. Esto no implica que dicha construcción no sea un proceso guiado o que se realice de manera independiente: la construcción de identidad (no de género: de toda la identidad personal) depende mucho de la educación, y sobre todo, de los padres.

Los participantes a la marcha de mañana no defienden la familia: defienden una idea marchita y caduca de la familia como papá, mamá, hijos, casa, carro y perro. La defensa verdadera de la familia no es la de exigir que todos piensen lo mismo que yo y de esconder a los puros oídos de los niños la idea de una comunidad LGTBI: es la de educarlos a respetar a sus congéneres, a no discriminar por motivos de género u orientación sexual y, sobre todo, a ser personas que puedan acabar con la idea caduca de que alguien es diferente por usar otra prenda. Sea una falda, camiseta de otro equipo o un vestuario étnico.

Adenda: ¿en serio alguien cree que un ministerio que no puede controlar la alimentación escolar se va a poner a repartir pornografía homosexual en los salones?

domingo, 12 de junio de 2016

All in

Las gotas de lluvia caían sobre el parabrisas con un martilleteo apenas amortiguado, y le daban a tu cara un brillo extraño e informe, cambiante cada segundo y que a veces destacaba tu ojo, otras veces tus labios, otras más se confundían con la lágrima que circulaba por tu mejilla.

- ¿Por qué lloras?

No me respondiste. No esperaba que lo hicieras, tampoco. Lo mío siempre han sido las preguntas estúpidas, lo sabes.

- Dime, por favor, por qué lloras.

- Porque sé que debo irme... y no quiero.

Es cierto. Normalmente me iba yo. A veces entre frases dramáticas que buscaban confundir la verdad a punta de prosopopeya, otras veces en un silencioso paso mientras movía la cabeza, negándolo. Pero esa vez tampoco lo podía hacer: había aprendido que el miedo, ese miedo que me paralizaba y era incapaz de hacerme reconocer que lo que sentía por ti era amor, podía ser vencido

Por eso estaba ahí, contigo. Porque después de haberme ido dando un portazo durante un par de semanas, te había vuelto a escribir por Whatsapp. Te había propuesto tomar un café en la pequeña panadería de la esquina del barrio y luego dar vueltas sin rumbo fijo. Al ver que el cerro de El Cable se tapaba en agua me ofrecí a llevarte hasta tu casa sin importar que hubiera un insoportable trancón causado por el pico y placa. Por eso, y porque no quería irme ni dejarte ir.

- No tienes que irte si no quieres, pero por favor, no llores.

- No es eso... es que...

Con mi último atisbo de confianza decidí lanzarme con todo en una medida desesperada. Decidí abalanzarme hacia ti, hacia tus labios que no había podido besar nunca paralizado por los miedos que muchas veces me dominan. Con mi mano te limpié la lágrima. De repente, una cara que no supe si era de incredulidad o de reproche.

- ¿Por qué lo hiciste?

- Porque te amo, y siempre te he amado. Si no lo hiciera no estaría aquí.

Por fin te vi sonreír. Y fuiste tú la que se abalanzó una, dos, diez, mil veces buscando mis labios que e habían quedado en un primer momento sin respuesta. En cada pausa musitabas un "te amo", que no tenías que decir: cada vez que lo hacías mi mente se alejaba de mi cuerpo y subía a un lugar distinto, un espacio donde la lluvia no existía, el viento cortante de los cerros orientales se convertía en suave brisa, y tu rostro alumbraba el sol.

- Te amo, mi amor.

Con cada "te amo" y cada roce de tus labios con los míos, con mi nariz, con mis párpados, no solo me sentía en ese campo elíseo: también me crecía la valentía y la confianza. Y la cursilería, porque allá arriba el oxígeno no llega con tanta suficiencia, y a veces uno dice las bobadas más bobas y las cursilerías más cursis. Y le salen desde el fondo del alma, suben hasta las alturas de la felicidad y luego las pronuncias, pero tú estabas también en esas alturas y lo entendías.

- Mi amor. Eres mi amor.

- Y tú eres mi amor. Te amo.

A veces uno debe recurrir a medidas desesperadas para evitar perder a alguien y reconciliarse con él. Yo sé que lo mío no fue solo una reconciliación. Fue un momento en el que supe que estaba hecho para ti. Tal vez debía haberlo sabido cuando tu mano buscaba la mía en la palanca de cambios, o cuando te agarraste con tanta fuerza de mí para evitar resbalar bajando un puente peatonal. Pero todavía me subo al auto y te siento ahí. Y siempre estará en esa silla de pasajero tu presencia, tu felicidad e, incluso, el rastro de corazones que dejaste cuando saliste esa noche, sin importar que la llovizna todavía te pudiera dejar afectada. Eso es el amor y la reconciliación.

lunes, 26 de octubre de 2015

Bogotá Recuperada

Es lunes en la madrugada, una madrugada igual a las demás de Bogotá. Fría y con viento cortante desde los cerros orientales, pero con una nube optimista porque quedó elegido Enrique Peñalosa como alcalde de la ciudad. Y hay razones para ser optimistas con este hombre que llegará como en 1998 al Palacio Liévano para tratar de domar este monstruo que extiende su mancha de cemento sobre toda la Sabana de Bogotá.

No debe interpretarse únicamente el voto como un "castigo" a Petro o a la izquierda por el carrusel de la contratación. No. En Bogotá casi el 55% de la gente votó para alcalde, y aunque la campaña ganadora se enfocó en una idea vaga de recuperar Bogotá de la chusma que la volvió mierda para regresar a esos idílicos días del 2000 en los que se podía leer en TransMilenio y los ladrones no robaban celulares sino relojes, también hay que considerar que la campaña, como lo dijo Clara López, fue una de las más cochinas de la historia.
Fue cochina porque el debate ideológico quedó sepultado en una ciudad que se fracturó. Las propuestas válidas de otros candidatos quedaron ocultas en una idea generalizada e impulsada por medios como W Radio y El Tiempo, un "Peñalosa o el diluvio" que dejó mal parado, entre otros, a Rafael Pardo. Ya he escrito antes que Bogotá no merece a Pardo como alcalde, porque es demasiado bueno, no tiene carisma y porque no ofrece una solución mágica de la galera como lo fue tomar una idea surgida en Curitiba para sacar un poco de buses viejos de la troncal Caracas con una vía de cemento y bases de arequipe.

No: la pinta de Papá Noel de Peñalosa le ayuda a ocultar que, al final de cuentas, es un yuppie que piensa como Robert Moses, el gurú del urbanismo de Nueva York. A Moses no le tembló la mano para construir autopistas por entre los barrios pobres de Harlem, Queens y Bronx, diseñadas para que no quepan los buses y no puedan entrar los pobres. Si Peñalosa decide que necesita el metro (porque en 1998 lo iba a hacer antes de mirar a Curitiba y pensar que con esos buses era suficiente), no le temblará la mano para techar el sur, porque obviamente el metro elevado no va a ocultar las vistas de los bonitos edificios de vidrio y metal de la 11 con 94. Tampoco le temblará la mano para atravesar el humedal de Capellanía con la ALO, ni para construir las 500 mil casas en Mosquera que le corresponden al alcalde de Mosquera, no a él. Posiblemente no le tiemble la mano para apropiarse de ideas como el carril de buses de la Séptima, así como se apropió de la idea de los buses de Curitiba y la hizo pasar como su visión sagrada para convertirse en el Moses del BRT.

Es cierto que la alcaldía de Peñalosa no va a ser peor que la de Petro. Y no lo será porque, así tenga todos los ojos encima del Palacio Liévano, no conviene que lo sea. No le conviene a los Arizmendi y Vicky Dávila que han cronometrado los días que falta para que Petro salga de la alcaldía. No le conviene a Vargas Lleras que llegará con su chequera y su casco de obra para iniciar la ALO el 2 de enero, o antes si Peñalosa le pide el favor. Por supuesto, no le conviene a los revanchistas que ya empezaron a felicitarse entre sí y a decirle a la gente que no vive entre la 72 y la 127 "jódanse, busquen trabajo" antes de pedir que quiten el subsidio del SITP porque es un regalo inmerecido.

¿Y si pasa algo malo? Todo será culpa de esos ocho años en los que Bogotá se perdió para la chusma. Ya empezamos desde la campaña: el problema de las losas de la Caracas, patente desde 2003, no fue culpa del que la construyó con mermelada en sus bases, sino de los chusmeros de la izquierda que no le hicieron mantenimiento (y a todas estas, ¿ya se rompieron las lozas que los chusmeros de la izquierda hicieron en la 30 y la Suba?). Pero esta será la Bogotá que solo se acordará de los problemas del sur cuando haya puente y el noticiero abra con los "escandalosos" trancones en la salida a Girardot. Bienvenidos al pueblo de los Pitufos en que se convertirá el eje Chapinero - Chicó - Usaquén. Bienvenidos a la crítica de amplios sectores de izquierda que, por válida que sea, será interpretada como "ardor" porque perdieron el poder. Bienvenidos a la Bogotá Recuperada.

miércoles, 29 de julio de 2015

Uber, los populistas

Bogotá amaneció con paro de taxistas. Como casi siempre, causado por la oposición de los dueños y conductores (y muchísimos taxistas hacen parte al tiempo de los dos gremios) a Uber, la aplicación que en Colombia se tomó como de taxis blancos y que para mucha gente es algo así como la segunda venida de Jesucristo.

Pero bueno. El caso es que hay paro de taxistas en Bogotá, y la gente a la que el SITP no le sirve porque qué boleta montar bus no tenía cómo llegar al trabajo. Hasta que llegó el caballo blanco: Uber anuncia que sus usuarios tendrán dos servicios gratis hasta de 15 mil pesos. Y toda la ciudad celebra; mientras "Uldarico es una rata que hace parar a los taxis", Uber es "el salvador que sí funciona y lo mejor que le ha pasado a Bogotá desde el pan tajado".

Claro, Uber es un servicio muy bueno. Yo mismo lo he usado un par de veces, así como uso con cierta frecuencia taxis, SITP y Transmilenio. Hay algunos aspectos de Uber que me gustan (como que se usen camionetas de verdad, no taxis en los que uno a duras penas cabe), pero otros que son tapados de forma absurda con medidas populisas como la de regalar carreras o tener botella de agua para el usuario.

Porque esa es la situación actual: medidas como las que acabo de citar son populismo del malo, poniendo a sus conductores a operar a pérdida con tal de conseguir que más gente en Twitter insulte al Ministro de Transporte por declarar ilegal un servicio que, en el mejor de los casos, está en una zona gris. ¿Cuál es el problema legal de Uber?

Además de no pagar cupos (a propósito, ¿quién maneja esa plata de los cupos? ¿Movilidad? ¿El IDU? ¿Los dueños de las empresas de taxis?), el servicio no cumple con las normativas del Ministerio de Transporte en seguros y conformaciones. En la práctica, la idea de usar taxis blancos es una jugada de Uber para tener lo mejor de dos mundos: no deben pagar ninguna contribución a las alcaldías, pues así lo estipula el decreto 1709 de 2015 para transportes especiales, pero pueden a su vez ejercer el servicio camuflados como carros de hoteles, o de convenios empresariales. Todo bien.

Sí, los taxis de Uber son más cómodos y los conductores son mucho mejores. Pero eso no es para alabar a Uber: es lo mínimo que uno espera de un servicio de taxi. Adicionalmente el contrato de Uber con sus operadores es un gana-gana: la empresa recibe un porcentaje de las carreras facturadas por sus operadores, pero en días como hoy en los que la empresa decide que la carrera es gratis, no reembolsa los gastos. Tampoco ayuda a sacar una inmaculada Duster de los patios, si es el caso. Incluso en California se debió determinar por ley que los conductores de Uber son empleados, no "contratistas" con los que la empresa tenía relación cuando les convenía y cuando no, se hacía la boba.

Y eso sin entrar a hablar de UberX, que es una cosa que hasta los propios conductores de Uber con los que he hablado creen que debe ser ilegal.

Pero eso no se nota, porque la gente prefiere pensar en el Uber con taxi. A muchas personas se les metió en la cabeza que los taxis amarillos son todos conducidos por criminales inconscientes cochinos e incapaces de pensar en algo que no sea joder al pasajero. A tal punto que uno ve en Twitter que se refieren al servicio como "la Bacrim amarilla", igualando a los taxistas con los Rastrojos o los Úsuga.

Mientras eso siga pasando, habrá espacio para que Uber siga con sus medidas populistas tratando de comprar el cariño de la gente. Funciona, claro, y funciona muy bien, pero uno esperaría que semejante maravilla que es Uber no tenga que regalar pasajes y joder a sus propios socios: los conductores.

lunes, 23 de marzo de 2015

Adiós a los amos

¿Qué voy a decirle a ella cuando la recoja en el aeropuerto? Durante todo el día esa fue la única pregunta que rondó por mi cabeza. Más allá de las presiones diarias de un oficio ingrato y oscuro como lo era la educación, los muchachos no iban a aprender nada sobre Tirso de Molina y la picaresca. Qué picaresca ni qué carajo: yo solo tenía ojos para ella, que venía durmiendo en un vuelo transcontinental y regresaba por una semana, luego de dos largos años en tierras castellanas.

"A ver, muchachos, hagamos algo diferente. Tienen la hora de clase para escribir un cuento basado en el modelo de la picaresca, es decir, de humor y crítica social. No necesitan más que una página. El tema es libre. El mejor cuento queda eximido de la previa del otro miércoles".

En 50 minutos se irían ellos y yo quedaría solo. Sabía que el vuelo llegaba a las 3:45, pero en el celular tenía a un lado Whatsapp para que apareciera cuando ella encendiera el celular y se volviera a conectar, y en el otro la página del aeropuerto que confirmara la hora de llegada del vuelo procedente de Madrid. Terminados lo que me parecieron los 50 minutos más largos de mi vida recogí, metí mis cosas a la carrera en el morral, saqué acelerado el carro del parqueadero y salí como un tiro hacia el aeropuerto.

Los muchos trancones en el camino a la 26 me hacían recordar todo. La vez que nos conocimos, nos citamos en Andino y nos pusimos a recorrer lentamente el parque del Virrey en una atípica tarde seca de octubre. Su pelo rizado y profundamente negro, su peculiar y dulce acento mezcla de bogotano, peruano y paisa. Sus ojos inquisitivos y ligeramente achinados, su boca que tantas veces quise besar y sus curvas que tantas veces me inspiraron en medio de sesiones de masturbación en la ducha.

El semestre que estuvo realizando su pasantía en Argentina y las conversaciones interminables por Skype. Las veces en que la llamé borracho, las que la llamé sobrio. La tarjeta con una cita del romance más romántico que Bécquer pudo escribir, y que le regalé un cumpleaños junto al libro de fotografías de Alemania. El fatídico día en que le iba a decir que no podía vivir sin ella y ella misma me detuvo con una dulzura tan irresistible como cáustica para mis ilusiones: "Me aceptaron en la maestría, me voy a Madrid"...

Después de eso, el diluvio. Seguimos hablando, pero como el librero catalán de Cien Años de Soledad, las conversaciones y cartas se hicieron más distantes e impersonales. Al final la eliminé de Facebook porque me dolía verla en sus fiestas con sus compañeros de maestría, en especial con ese franchute. Cuál sería mi alegría mal contenida cuando ella misma puso en Whatsapp (no, no tuve el coraje para eliminarla por completo de mi vida) que había terminado con el francesito...

Y al llegar al aeropuerto, me empezaron a asaltar las dudas. ¿Se habrá olvidado de mí? ¿Solo espera que la recoja para que le ahorre el taxi? ¿Tendrá diez mil planes armados con el grupito de gomelas fastidiosas y miserables que parecían perseguirla desde que llegó de Argentina hasta que se fue a Madrid? ¿Llegará con un novio igual o peor que el franchute?

- ¡Miguel! ¡Miguel, coño! ¡Anda, que ya no me reconozzes! ¡Cómo estás de guapo!

Ahí estaba ella. Los mismos labios, los mismos ojos castaños, la misma nariz de muñeca. Pero no era ella. Las curvas se notaban menos, pues sabía que ella se había dedicado al crossfit y había sacrificado su figura a los dictámenes del ejercicio excesivo y desmesurado. El pelo rizado y negro había sido recortado, alisado y atacado por capas y capas de tintura cobriza. Y el acento castellano que adquirió primero como estudiante y luego como asociada de un gran centro de investigaciones subsidiado por la Unión Europea era menos dulce que un jamón de Jabugo.

- Hola, Marcela. Luces diferente, no te reconocí.
- Pues claro que no me ibas a reconozzer, tío, si tú andas todo pasmao por ahí mirando ese móvil... joder, ¡dile a tu novia que te dé vía! Vamos, es de coña. ¿Quieres unas cañas?
- Eeeeh... no sé, de pronto tienes algo preparado antes...
- No, la verdad es que mis padres creen que llego a las 9, y les dije que me vendría a recoger una de mis amigas. Vamos, tío, que no hemos tomado unas zzervezzas desde antes de que me fuera.

La verdad, no tenía ganas de tomar una cerveza con esta mujer que tenía la misma cara. ¿Dónde está la Marcela del Virrey? ¿Se quedó entre los muros de la Universidad de Alcalá de Henares? ¿Quién es esta y qué hizo con Marcela?

- No puedo, tengo el carro.
- Joder, majo, en verdad has cambiado.

Alguna vez ella y yo estábamos hablando de todo y nada, mientras tomábamos un café. Ese día me preguntó qué sentía por ella, y no me salieron las palabras para decirle que por ella daba esta vida y la otra. Pero al verla ahí, cargando un par de maletines, con ese horrible ceceo inescrutable y convertida en alguien irreconocible, entendí por qué dice el poeta que partir es morir un poco. Tal vez cuando ella partió a Madrid ahí murió la Marcela que conocí. Y al verla ascender a mi automóvil y quejarse de cómo la 26 no tenía nada que hacer contra las autovías que conducen a Barajas, también me di cuenta que en el aeropuerto se había quedado para no volver el Miguel que daba esta vida y la otra por tenerla a su lado.

El mejor cuento resultó ser de un muchachito tímido de la clase, que con muy buen humor (y un excelente manejo de la gramática) había escrito la historia de cómo alguien parecido a su docente de Literatura perdía la cabeza por una joven pelirroja venida del otro lado del océano...