(N. del C. de R.: el siguiente post acompañó mi postulación al concurso "Esa barba que raspaba como lija". Espero que sepan comprender que, ya que no tramo de barba, intenté tramar de historia; y a mi profesor de Artes Narrativas le gustó -!-)
Pereza, madre de todos los vicios. Y de casi todas las barbas. La mía, por ejemplo: mi barba es una oda a la locha de tener que levantarse con media hora de antelación, tomar la Gillette y pasar, repasar y re-re-re-repasar sobre la cara hasta quedar hecho uno un tomate. De ser un Papá Noel cada dos días, por la espuma. De encontrarse que quedó uno mal afeitado, y en la articulación de la mandíbula quedan 10 pelos por las que se la iban a montar todo el día a uno en el colegio.
Mi mamá no entiende de perezas. Ni de barbas. Le molestaba que mi papá saliera todos los días a las 5 a afeitarse con máquina eléctrica, despertando a toda la casa con el escándalo; pero se puso peor cuando él se cansó de la rutina y, aprovechando un viaje al Cocuy de una semana, duró tres meses sin pasar 15 minutos frente al lavamanos viendo caer pedacitos de pelo, que le hacían falta por estar quedándose calvo. Yo heredé de mi papá la calvicie prematura, y la barba en lugares incómodos, como los pómulos.
Mi mamá no entiende de barbas, del poder que le da a uno a los 22 años la barba, el de ser un hombre adulto con el derecho de no afeitarse si se le da la gana, en vez de un chino imberbe. Ella me regaló hace un par de años una máquina eléctrica, “para que esté bien afeitado”. Yo me recorto con ella los pelos de las mejillas, cada dos días, y así la barba queda bien delineada y se me ve bien, creo.
Porque no a todos se nos ve bien la barba. A mí se me ve peor recién afeitada. Se me irrita el cuello, y me toca andar un día con la camisa abierta y mostrando pelo en pecho, cual gamonal de pueblo, porque me incomoda el cuello de la camisa y su roce en la papada. Luego la lija, las ganas de afilar lápices en la mandíbula para calmarse el escozor y para probar que de verdad raspa. Una semana después, vuelven a asomar a la vida, los tres pelos que uno odiaba en su pubertad se vuelven un bosque y orgullo del portador, interés de los (y las) que están alrededor de uno.
No es luenga como la de Rafael Núñez (ref. billete viejo de $5000). No es una densa selva de blanco cabello como la de Hemingway. Tampoco es una barba llena de símbolos y emblemática, como la de Fidel Castro. Pero como mi papá dice cuando se le recuerdan los defectos de su camioneta Renault 18, “es mía y por eso la quiero”. Y por eso la mantengo en forma. Incluso, a veces, por eso la acabo, para que mejore. El evangelio dice: “el grano que muere dará en abundancia un fruto nuevo”. A la barba, la afeito con esa misma esperanza: que dé en abundancia vello facial nuevo y mejor.
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miércoles, 3 de agosto de 2011
domingo, 19 de diciembre de 2010
El post de mi año
Dedicado a Estefanía, que apareció un buen día en el Formspring con una pregunta magistral, y que hoy, 9 meses después, se ha vuelto una fuente de comentarios y críticas, y una lectora (espero) de este humilde sitio.
Otro año que se acaba. Inicio a escribirlo el 19 de diciembre de 2010 a las 10 de la noche, lo que indica que, a partir de este momento, quedan 10 días y 2 horas para acabar este año, y por una vez en la vida, estoy seguro que voy a cantar con todas las ganas del mundo:
Y sí que me ha dejado cosas muy buenas este año que termina. Ciertamente no me dejó ni chiva (bueno, algo de Chivas sí, pero no mucho tampoco), ni burra negra, ni yegua blanca ni, por supuesto, buena suegra. Pero sí me dejó cosas muy valiosas, y una de ellas es destacadísima: una carrera en lo que me gusta, en lo que soy bueno, y en lo que me va bien. Porque antes estudiaba algo en lo que me gustaba y era bueno, pero no me iba bien (y luego dejó de gustarme); y luego pasé a estudiar algo para lo que era bueno y me iba más o menos bien, pero que no me gustó. Ahora en el periodismo me siento muy, pero muy, pero muy bien, y mi desempeño académico quedó visto en un post anterior.
En otros aspectos, me parece importantísimo mencionar a un grupo de personas cuya característica principal es que son twitteros. Aunque yo sé que todos los twitteros no son buenas personas - y he estado en varios posts de este año rajando sobre ellos - también quiero agradecer a los que considero amigos, aunque a duras penas los conocía hace 360 días. Carlos Forero, Julián Mondragón, Leonardo Báez, Angie Torres, Andrea Pongutá, Lorena González, Marcela Delgado, Augusto Ruiz, Pedro Poveda, Alejo (Echandía y Cortés), Jaime y Diana Luque. Nombres que dichos así suenan como una lista de fulanos, pero que son personas a las que he logrado conocer por medio de la red social llamada Twitter, con los que pasé buenos momentos en alguna oportunidad, que me dieron oportunidades y apoyaron en su momento, y que todavía están ahí.
Por supuesto, mi momento de gloria del año fue la entrevista al Pibe. Historia que ya he repetido muchas veces (no en este sitio, así que la voy a repetir otra vez más): una entrevista programada un viernes a Nicolás Samper, director de Fútbol Total y uno de los más grandes twitteros que he conocido, que regaña cuando toca pero que no deja de ser buena gente mientras vacía, fue adelantada a miércoles para aprovechar que iba el Pibe. Y pude preguntarle cuatro pendejadas sobre barras bravas, que al final del caso no usé en mi trabajo, pero que me dieron la sensación de que sí, no la había cagado, era esto lo que debía estar haciendo desde un momento. Y al día siguiente, la entrevista a Juan Carlos López, en la que pude lanzar un par de puyas como quería, me confirmó mis impresiones del día anterior: eso es lo que quiero hacer.
Por supuesto, no todo fue bueno este año. Perdí un semestre metido en toda clase de trabajos para evitar morirme de hambre. Me robaron dos celulares y murió otro. Se dañó mi computador, al que tocó meterle casi $300 mil en piezas. No pude superar un momento en la vida, y como resultado terminé perdiendo a mi mejor amiga en una pugna insensata que mantengo sin que, realmente, sepa por qué mantenerla. Tal vez es por celos, o porque decidí perderla con todas las de la ley, no lo sé. Me vi envuelto en un mar de peloteras por todos los frentes, desde el intrascendente de Twitter hasta el pesadísimo frente familiar. Me vi obligado a abandonar la caja del Bestiario2 cuando las diferencias con otros miembros se hicieron insuperables. Duré el año entero sin novia, moza, amante o cosa parecida. Tuve ciertas diferencias con mis compañeros de carrera. Y por supuesto, un duelo inagotable contra el reguetón resulté perdiéndolo.
Pero, al final de cuentas, esos temas negativos del año son poca cosa. Soy feliz haciendo lo que hago, espero con ansias que llegue el 31 de enero e inicie mi segundo semestre en la carrera. Espero que llegue el 15 de enero para llegar a Bogotá, empezar de nuevo mi vida regular, y retomar las cosas en donde las dejé el pasado martes. Estoy dispuesto a hacerlo. Es mi reto. Es mi trabajo. Es lo que quiero hacer.
Otro año que se acaba. Inicio a escribirlo el 19 de diciembre de 2010 a las 10 de la noche, lo que indica que, a partir de este momento, quedan 10 días y 2 horas para acabar este año, y por una vez en la vida, estoy seguro que voy a cantar con todas las ganas del mundo:
Y sí que me ha dejado cosas muy buenas este año que termina. Ciertamente no me dejó ni chiva (bueno, algo de Chivas sí, pero no mucho tampoco), ni burra negra, ni yegua blanca ni, por supuesto, buena suegra. Pero sí me dejó cosas muy valiosas, y una de ellas es destacadísima: una carrera en lo que me gusta, en lo que soy bueno, y en lo que me va bien. Porque antes estudiaba algo en lo que me gustaba y era bueno, pero no me iba bien (y luego dejó de gustarme); y luego pasé a estudiar algo para lo que era bueno y me iba más o menos bien, pero que no me gustó. Ahora en el periodismo me siento muy, pero muy, pero muy bien, y mi desempeño académico quedó visto en un post anterior.
En otros aspectos, me parece importantísimo mencionar a un grupo de personas cuya característica principal es que son twitteros. Aunque yo sé que todos los twitteros no son buenas personas - y he estado en varios posts de este año rajando sobre ellos - también quiero agradecer a los que considero amigos, aunque a duras penas los conocía hace 360 días. Carlos Forero, Julián Mondragón, Leonardo Báez, Angie Torres, Andrea Pongutá, Lorena González, Marcela Delgado, Augusto Ruiz, Pedro Poveda, Alejo (Echandía y Cortés), Jaime y Diana Luque. Nombres que dichos así suenan como una lista de fulanos, pero que son personas a las que he logrado conocer por medio de la red social llamada Twitter, con los que pasé buenos momentos en alguna oportunidad, que me dieron oportunidades y apoyaron en su momento, y que todavía están ahí.
Por supuesto, mi momento de gloria del año fue la entrevista al Pibe. Historia que ya he repetido muchas veces (no en este sitio, así que la voy a repetir otra vez más): una entrevista programada un viernes a Nicolás Samper, director de Fútbol Total y uno de los más grandes twitteros que he conocido, que regaña cuando toca pero que no deja de ser buena gente mientras vacía, fue adelantada a miércoles para aprovechar que iba el Pibe. Y pude preguntarle cuatro pendejadas sobre barras bravas, que al final del caso no usé en mi trabajo, pero que me dieron la sensación de que sí, no la había cagado, era esto lo que debía estar haciendo desde un momento. Y al día siguiente, la entrevista a Juan Carlos López, en la que pude lanzar un par de puyas como quería, me confirmó mis impresiones del día anterior: eso es lo que quiero hacer.
Por supuesto, no todo fue bueno este año. Perdí un semestre metido en toda clase de trabajos para evitar morirme de hambre. Me robaron dos celulares y murió otro. Se dañó mi computador, al que tocó meterle casi $300 mil en piezas. No pude superar un momento en la vida, y como resultado terminé perdiendo a mi mejor amiga en una pugna insensata que mantengo sin que, realmente, sepa por qué mantenerla. Tal vez es por celos, o porque decidí perderla con todas las de la ley, no lo sé. Me vi envuelto en un mar de peloteras por todos los frentes, desde el intrascendente de Twitter hasta el pesadísimo frente familiar. Me vi obligado a abandonar la caja del Bestiario2 cuando las diferencias con otros miembros se hicieron insuperables. Duré el año entero sin novia, moza, amante o cosa parecida. Tuve ciertas diferencias con mis compañeros de carrera. Y por supuesto, un duelo inagotable contra el reguetón resulté perdiéndolo.
Pero, al final de cuentas, esos temas negativos del año son poca cosa. Soy feliz haciendo lo que hago, espero con ansias que llegue el 31 de enero e inicie mi segundo semestre en la carrera. Espero que llegue el 15 de enero para llegar a Bogotá, empezar de nuevo mi vida regular, y retomar las cosas en donde las dejé el pasado martes. Estoy dispuesto a hacerlo. Es mi reto. Es mi trabajo. Es lo que quiero hacer.
lunes, 23 de agosto de 2010
Oda al "amigo gay"
No, no me refiero al amigo de uno que por cuestiones de la vida resulta siendo homosexual. Ni mucho menos al gay que termina haciéndose amigo de uno para intentar caerle a uno porque, sospecha el, a uno, como cantaría Diomedes, "se le moja la canoa, pobre hombre, cuando se emborracha".
Me refiero a la posición de amigo de una vieja sin interés en ella. Es decir, al amigo que no le está cayendo, y que por ende, otros hombres lo definen como gay. Esa es la posición más mentirosa del mundo, por supuesto: el 95% de los amigos gays, o son de verdad homosexuales, o son tipos que esconden que escurren la baba por la vieja, o son amigos de una vieja demostrablemente fuera de los gustos de uno (la popular amiga fea, que todos los hombres tenemos para que nos ayuden a entender a las mujeres, porque comprenderlas, ni ellas mismas pueden). Del 95% hice (y también hago) parte yo. Y del 5% restante hago parte yo. Voy a hacer este artículo como una loa a los dos lados, porque en los dos lados conozco.
Porque uno como amigo gay, tiene un privilegio inmesurable: las conoce. Y si las conoce, puede entenderlas (usualmente, con la amiga fea como intérprete). Y ese conocimiento, ese entendimiento que uno tiene a ellas, puede ayudar en el objetivo del 95% de los "amigos gays": levantarse a la amiga. Pero por supuesto: uno va conociendo qué les gusta a ellas para una cita, cómo quieren que las traten, qué tipo de persona quieren... y así uno va moldeándose e intentando mostrarse como lo que ellas quieren. Ya después uno tiene tiempo de ser el mismo barbachán, guache y farabute (disculparán la mezcla de chibcha con lunfardo) que se empeñó en esconder durante semanas, meses o hasta años.
Esto implica otra cosa: nosotros potenciamos nuestras capacidades actorales, que después para levantar, cuando de verdad queremos levantar, nos sirve. Así como pudimos ceder a los deseos de nuestra amiga, podemos aparentar ser personas a la medida para maximizar nuestro éxito. Y también nos sirve para desarrollar persistencia, tenacidad y esas cosas que tanto invoca Jorge Duque Linares como la clave del éxito; porque la confianza no le da a la pelada a las semanas, sino es cuestión, muchas veces, de un par de años. Terquedad ante todo. Ciertamente, es un proceso arriesgado y lento, pero funciona.
Porque esa es la ventaja: muchas veces, funciona. A veces, no es para levantar, pero muchísimas veces, sí termina llevándola a la cama, que al final de cuentas, es el objetivo para muchos de nosotros. Una amiga (no, no estoy aplicando esos casos con ella: sí me la querría comer, que no levantar y hasta lo he dicho de frente. Otra cosa es que sé que no puedo) me decía que, en muchas ocasiones, las mujeres se olvidan que al frente, ese tipo que les dio consuelo durante sus cruces con barbachanes, gañanes y pelafustanes; ese tipo que podían decirle "dime cuál blusa me queda mejor" mientras se empelotan y visten al frente de él; en fin, ese "amigo gay", o como ella los definió, "amigo capado", es un hombre.
Y cuando lo creen a uno un pendejo paño de lágrimas, por la vigésima pelea con el novio de turno, ceden. Y empieza la descripción de National Geographic tan mal imitada por Andrés López, sobre cómo el venado, vulnerable al tener lastimado su ego, cede por el deseo de sentirse amada, tal vez; o de saturar su depresión con estrógenos, de pronto. Y ha ganado el hombre, se ha comido a la vieja que quería.
Por supuesto, las cosas pueden fallar. Puede que la vieja descubra que uno es un pobre diablo antes de lo conveniente. O que las cosas fallen y uno no se la levante, sino que después (e incluso antes) de comérsela, tenga que poner pies en polvorosa, porque las cosas no se dan con ella; los escrúpulos, las recriminaciones, el "no eres tú, soy yo". Eso. Pero no nos estamos enfocando en esos detalles nimios: nos enfocamos en que así nos podemos comer a las viejas que queremos comernos, si tenemos la persistencia suficiente para lograrlo. Porque la mayor falla somos nosotros mismos, compañeros lectores: nosotros y nuestra gana de la inmediatez. Y por eso saludo a todos los "amigos gays" del mundo, porque nosotros somos unos berracos, y esa berraquera nos va a llevar adelante. Salud, buen polvo y buen amar!
Me refiero a la posición de amigo de una vieja sin interés en ella. Es decir, al amigo que no le está cayendo, y que por ende, otros hombres lo definen como gay. Esa es la posición más mentirosa del mundo, por supuesto: el 95% de los amigos gays, o son de verdad homosexuales, o son tipos que esconden que escurren la baba por la vieja, o son amigos de una vieja demostrablemente fuera de los gustos de uno (la popular amiga fea, que todos los hombres tenemos para que nos ayuden a entender a las mujeres, porque comprenderlas, ni ellas mismas pueden). Del 95% hice (y también hago) parte yo. Y del 5% restante hago parte yo. Voy a hacer este artículo como una loa a los dos lados, porque en los dos lados conozco.
Porque uno como amigo gay, tiene un privilegio inmesurable: las conoce. Y si las conoce, puede entenderlas (usualmente, con la amiga fea como intérprete). Y ese conocimiento, ese entendimiento que uno tiene a ellas, puede ayudar en el objetivo del 95% de los "amigos gays": levantarse a la amiga. Pero por supuesto: uno va conociendo qué les gusta a ellas para una cita, cómo quieren que las traten, qué tipo de persona quieren... y así uno va moldeándose e intentando mostrarse como lo que ellas quieren. Ya después uno tiene tiempo de ser el mismo barbachán, guache y farabute (disculparán la mezcla de chibcha con lunfardo) que se empeñó en esconder durante semanas, meses o hasta años.
Esto implica otra cosa: nosotros potenciamos nuestras capacidades actorales, que después para levantar, cuando de verdad queremos levantar, nos sirve. Así como pudimos ceder a los deseos de nuestra amiga, podemos aparentar ser personas a la medida para maximizar nuestro éxito. Y también nos sirve para desarrollar persistencia, tenacidad y esas cosas que tanto invoca Jorge Duque Linares como la clave del éxito; porque la confianza no le da a la pelada a las semanas, sino es cuestión, muchas veces, de un par de años. Terquedad ante todo. Ciertamente, es un proceso arriesgado y lento, pero funciona.
Porque esa es la ventaja: muchas veces, funciona. A veces, no es para levantar, pero muchísimas veces, sí termina llevándola a la cama, que al final de cuentas, es el objetivo para muchos de nosotros. Una amiga (no, no estoy aplicando esos casos con ella: sí me la querría comer, que no levantar y hasta lo he dicho de frente. Otra cosa es que sé que no puedo) me decía que, en muchas ocasiones, las mujeres se olvidan que al frente, ese tipo que les dio consuelo durante sus cruces con barbachanes, gañanes y pelafustanes; ese tipo que podían decirle "dime cuál blusa me queda mejor" mientras se empelotan y visten al frente de él; en fin, ese "amigo gay", o como ella los definió, "amigo capado", es un hombre.
Y cuando lo creen a uno un pendejo paño de lágrimas, por la vigésima pelea con el novio de turno, ceden. Y empieza la descripción de National Geographic tan mal imitada por Andrés López, sobre cómo el venado, vulnerable al tener lastimado su ego, cede por el deseo de sentirse amada, tal vez; o de saturar su depresión con estrógenos, de pronto. Y ha ganado el hombre, se ha comido a la vieja que quería.
Por supuesto, las cosas pueden fallar. Puede que la vieja descubra que uno es un pobre diablo antes de lo conveniente. O que las cosas fallen y uno no se la levante, sino que después (e incluso antes) de comérsela, tenga que poner pies en polvorosa, porque las cosas no se dan con ella; los escrúpulos, las recriminaciones, el "no eres tú, soy yo". Eso. Pero no nos estamos enfocando en esos detalles nimios: nos enfocamos en que así nos podemos comer a las viejas que queremos comernos, si tenemos la persistencia suficiente para lograrlo. Porque la mayor falla somos nosotros mismos, compañeros lectores: nosotros y nuestra gana de la inmediatez. Y por eso saludo a todos los "amigos gays" del mundo, porque nosotros somos unos berracos, y esa berraquera nos va a llevar adelante. Salud, buen polvo y buen amar!
viernes, 2 de julio de 2010
Tachonazos 2
Otra vez héme aquí, frente a un computador. Otra vez con la pluma quieta, porque no sé de qué escribir. Otra vez frustrado con todo y con todos. Otra vez con 12 borradores, esta vez, de un post que siempre he querido escribir. Una descripción de mí mismo. Pero nunca he podido. Otra vez la pluma se secó por tachones, otra vez el teclado quedó estático. Otra vez.
Esta vez, al contrario de la anterior, estoy en Boyacá. Estar en Boyacá, para mí, quiere decir estar rodeado de la familia. Pero, mientras muchos otros quieren estar con sus padres continuamente, yo no me aguanto Duitama ya. No me aguanto mi mamá encima, peleando a los gritos porque la loza no está lavada, y armando un espectáculo de esos. No me aguanto a mi papá que, en tono sereno y pausado, se dedica a decirme "perdedor", "fracasado", "desastre", y a recordarme que mis compañeros de colegio (él les dice amigos: yo no tenía amigos en el colegio. Dos o tres que tuve, se perdieron en la bruma del tiempo) ya se están graduando de la universidad, mientras que yo ni siquiera he iniciado.
No me aguanto a mi hermana, que presume de tener un laptop que, como mi mamá me dijo ayer, "es de ella porque se lo compré con la plata que le dieron en los 15"; y que puede usar todo el tiempo. No me aguanto a mi hermano, que usurpó un PlayStation 2 que los dos compramos, simplemente porque ya no me importa jugar en él. Tampoco me aguanto a mí mismo, un fracasado, cobarde, pendejo, idiota, perdedor, estúpido, sinvergüenza, que no es capaz de ver nada bueno a la casa donde vivió de los 6 a los 16 años. Nada. Aquí el comedor, es donde tuve que pasar cuadernos, no donde se celebraban los cumpleaños. Allá la sala no es donde se rezaban las novenas de aguinaldos, sino donde se recibía la ritual vaciada de todas las entregas de informes. Mi habitación sólo fue mi espacio hasta que tuve 14 años, y aún así, todavía me toca aguantarme a mi papá a las 10 de la noche, diciendo "a dormir!"; porque él está acostumbrado, después de 20 años trabajando en Tunja, a despertarse a las 5 am. Yo, no.
Y tal vez eso sea lo que me haga falta. Disciplina, para poder despertarme a las 5 am. Disciplina, para terminar el libro que tiene 51 páginas, luego de 4 meses de tener 50, y de 9 de tener 46 páginas. Disciplina para poder soltar este aparato a las 12, o a la 1, y no a las 2 como ha sido tradición. Disciplina, que es la que está funcionando de a pocos, para dejar de hablarle a quien expresamente lo pidiera así.
Pero bueh. Volvamos a la cosa. Mi papá dice que me gusta Bogotá porque allá no soy nadie. Es posible. Acá tampoco soy nadie, pero para mi mamá, que como docente de colegio de ciudad pequeña, conoce muchísima gente, yo soy famosísimo y todo el mundo pregunta por el tal Juan Manuel. A mí no me importa. Sólo sé que acá no me siento cómodo. Y estoy solo. Con un padre que sólo me dirige la palabra para pedir favores o decirme "fracasado". Con una madre que sólo se dirige a sus hijos para regañarlos, o para exigirles que por favor la acompañen en su negocio, y ay si no cumplen.
Así es. Mis amigos están en Bogotá, o más allá. No puedo reunirme con ellos. Algunos incluso me han abandonado de plano. Otros, están ahí, pero no confío ya en ellos. Otros más están ocupados en sus asuntos: no los culpo, tienen cosas que hacer y yo no. Incluso, otros más están en Bogotá después de mucho tiempo, y yo estoy en Boyacá, estancado y reprimido. Y para colmo, preocupado.
Esta mañana, cuando inicié la composición del post, había aguantado una eterna prédica de mi papá. Básicamente, mi papá asume que la tendida de la cama, o que no me haya peluqueado en 4 meses, es equivalente a "cinco inicios de carrera". Y en la que, si no adquiero "disciplina", básicamente, si no me vuelvo el mejor periodista del mundo (e inicio a tender mi cama), mi papá dejará de "botar plata" en algo llamado Periodismo y Opinión Pública. Así mismo, se presentó el llamado agarrón, porque mi mamá, que desde que fue echada del trabajo se volvió muy religiosa, no podía dar crédito a que su hijo mayor le dijera que no le interesaba ir a Soracá, a una de esas tales misas de sanación del padre Puerta. Y que básicamente, me tocara hacer una exposición completa de mi humanismo, para explicarle por qué ya no creo en la Iglesia Católica.
Aparte. Mi humanismo se basa en una frase de David Hume, si no estoy mal: "yo siempre espero lo peor del hombre, pero lo mejor de la humanidad". Es eso el humanismo: el bien del mundo es causa de la humanidad, el mal es causa de los hombres. Usted, querido lector, puede ser malo; pero por naturaleza, es bueno, como decía Rousseau, y, al contrario de las ideas de Rousseau, creo que la sociedad puede ayudar para que usted sea mejor. Pero no mejor en el sentido de que lave loza después de comer, o que embole sus zapatos: mejor en el sentido de colaborar con el prójimo, no desperdiciar bienes, etcétera.
Como cabía esperar, mi mamá me tachó de inmediato de ateo. Y mi papá, durante su prédica, comenzó a decir que yo creía en el Big Bang (no creo en el Big Bang: tengo el conocimiento de que pasó. Se llama CIENCIA). Y ambos comenzaron a decir que todo lo malo que tengo, se debe a que no creo en el Dios de los católicos. Pues no, no creo en ese Dios. Si hay un Dios en el cielo, no lo sé, pero que es el Todopoderoso que la Biblia dice, lo dudo mucho.
Eso por ahora. Ya mi hermana llegó de hacer compras con mi mamá. Y me pidió el laptop. He aprendido que, si uno quiere algo, no le queda más remedio que conseguirlo por su cuenta. Mientras tanto, dejaré esto aquí. Quisiera seguirme desquitando, pero creo que lo podré hacer mejor con un juego de carreras que con un post en un blog. Eso es todo. O mejor dicho, nada.
Esta vez, al contrario de la anterior, estoy en Boyacá. Estar en Boyacá, para mí, quiere decir estar rodeado de la familia. Pero, mientras muchos otros quieren estar con sus padres continuamente, yo no me aguanto Duitama ya. No me aguanto mi mamá encima, peleando a los gritos porque la loza no está lavada, y armando un espectáculo de esos. No me aguanto a mi papá que, en tono sereno y pausado, se dedica a decirme "perdedor", "fracasado", "desastre", y a recordarme que mis compañeros de colegio (él les dice amigos: yo no tenía amigos en el colegio. Dos o tres que tuve, se perdieron en la bruma del tiempo) ya se están graduando de la universidad, mientras que yo ni siquiera he iniciado.
No me aguanto a mi hermana, que presume de tener un laptop que, como mi mamá me dijo ayer, "es de ella porque se lo compré con la plata que le dieron en los 15"; y que puede usar todo el tiempo. No me aguanto a mi hermano, que usurpó un PlayStation 2 que los dos compramos, simplemente porque ya no me importa jugar en él. Tampoco me aguanto a mí mismo, un fracasado, cobarde, pendejo, idiota, perdedor, estúpido, sinvergüenza, que no es capaz de ver nada bueno a la casa donde vivió de los 6 a los 16 años. Nada. Aquí el comedor, es donde tuve que pasar cuadernos, no donde se celebraban los cumpleaños. Allá la sala no es donde se rezaban las novenas de aguinaldos, sino donde se recibía la ritual vaciada de todas las entregas de informes. Mi habitación sólo fue mi espacio hasta que tuve 14 años, y aún así, todavía me toca aguantarme a mi papá a las 10 de la noche, diciendo "a dormir!"; porque él está acostumbrado, después de 20 años trabajando en Tunja, a despertarse a las 5 am. Yo, no.
Y tal vez eso sea lo que me haga falta. Disciplina, para poder despertarme a las 5 am. Disciplina, para terminar el libro que tiene 51 páginas, luego de 4 meses de tener 50, y de 9 de tener 46 páginas. Disciplina para poder soltar este aparato a las 12, o a la 1, y no a las 2 como ha sido tradición. Disciplina, que es la que está funcionando de a pocos, para dejar de hablarle a quien expresamente lo pidiera así.
Pero bueh. Volvamos a la cosa. Mi papá dice que me gusta Bogotá porque allá no soy nadie. Es posible. Acá tampoco soy nadie, pero para mi mamá, que como docente de colegio de ciudad pequeña, conoce muchísima gente, yo soy famosísimo y todo el mundo pregunta por el tal Juan Manuel. A mí no me importa. Sólo sé que acá no me siento cómodo. Y estoy solo. Con un padre que sólo me dirige la palabra para pedir favores o decirme "fracasado". Con una madre que sólo se dirige a sus hijos para regañarlos, o para exigirles que por favor la acompañen en su negocio, y ay si no cumplen.
Así es. Mis amigos están en Bogotá, o más allá. No puedo reunirme con ellos. Algunos incluso me han abandonado de plano. Otros, están ahí, pero no confío ya en ellos. Otros más están ocupados en sus asuntos: no los culpo, tienen cosas que hacer y yo no. Incluso, otros más están en Bogotá después de mucho tiempo, y yo estoy en Boyacá, estancado y reprimido. Y para colmo, preocupado.
Esta mañana, cuando inicié la composición del post, había aguantado una eterna prédica de mi papá. Básicamente, mi papá asume que la tendida de la cama, o que no me haya peluqueado en 4 meses, es equivalente a "cinco inicios de carrera". Y en la que, si no adquiero "disciplina", básicamente, si no me vuelvo el mejor periodista del mundo (e inicio a tender mi cama), mi papá dejará de "botar plata" en algo llamado Periodismo y Opinión Pública. Así mismo, se presentó el llamado agarrón, porque mi mamá, que desde que fue echada del trabajo se volvió muy religiosa, no podía dar crédito a que su hijo mayor le dijera que no le interesaba ir a Soracá, a una de esas tales misas de sanación del padre Puerta. Y que básicamente, me tocara hacer una exposición completa de mi humanismo, para explicarle por qué ya no creo en la Iglesia Católica.
Aparte. Mi humanismo se basa en una frase de David Hume, si no estoy mal: "yo siempre espero lo peor del hombre, pero lo mejor de la humanidad". Es eso el humanismo: el bien del mundo es causa de la humanidad, el mal es causa de los hombres. Usted, querido lector, puede ser malo; pero por naturaleza, es bueno, como decía Rousseau, y, al contrario de las ideas de Rousseau, creo que la sociedad puede ayudar para que usted sea mejor. Pero no mejor en el sentido de que lave loza después de comer, o que embole sus zapatos: mejor en el sentido de colaborar con el prójimo, no desperdiciar bienes, etcétera.
Como cabía esperar, mi mamá me tachó de inmediato de ateo. Y mi papá, durante su prédica, comenzó a decir que yo creía en el Big Bang (no creo en el Big Bang: tengo el conocimiento de que pasó. Se llama CIENCIA). Y ambos comenzaron a decir que todo lo malo que tengo, se debe a que no creo en el Dios de los católicos. Pues no, no creo en ese Dios. Si hay un Dios en el cielo, no lo sé, pero que es el Todopoderoso que la Biblia dice, lo dudo mucho.
Eso por ahora. Ya mi hermana llegó de hacer compras con mi mamá. Y me pidió el laptop. He aprendido que, si uno quiere algo, no le queda más remedio que conseguirlo por su cuenta. Mientras tanto, dejaré esto aquí. Quisiera seguirme desquitando, pero creo que lo podré hacer mejor con un juego de carreras que con un post en un blog. Eso es todo. O mejor dicho, nada.
sábado, 29 de mayo de 2010
Tachonazos
Estoy a punto de renunciar a escribir más en los blogs. De qué me sirve tener un blog si no lo actualizo y, por ende, nadie lo lee?
Este post no es una despedida, sino un recordatorio personal. Tal vez algo (Twitter?) esté drenándome mis ideas. Alguna vez me dijeron, por allá en los tiempos en que era un novato en esto de los blogs, que si no me cansaba de escribir. Es cierto, no lo hago. Pero ahora lo hago más en Twitter que en otra cosa. Por eso me retiré de los foros de Hattrick. Por eso ya casi no escribo en los otros foros. Por eso este blog volvió a llenarse de polvo.
Y no es que no haya tema. Podría volver a escribir de fútbol en Falta contra el Balón, o de automovilismo en La Zona Mach. Podría hacer análisis político, tema candente por las elecciones. Podría hacer análisis económico, en un país como este que nunca, nunca, nunca va a dejar de tener problemas financieros. Podría hacer como el hijo de Janeth o la marmota, y escribir sobre pendejadas que me pasan. Incluso podría hacer como el tarado de Samper Ospina, ponerme a llenar de clichés y chistes malísimos un par de obviedades y conseguir alabanzas por eso. Pero no puedo. Estoy bloqueado mentalmente, no sé de qué escribir.
No sé por qué será el bloqueo. Parece ser que un ciclo depresivo está en toda su extensión, y se lleva mi ánimo de hacer cualquier cosa. Algo posible, porque realmente no me alegra haber sacado la media beca en el Rosario que esperaba sacar. También puede ser el trabajo, al que estoy buscando una excusa para renunciar. Estoy harto de todo en ese trabajo. Incluso puede ser Twitter, que me hace sacar pequeñas estupideces de 140 caracteres en vez de grandes estupideces de 1400 palabras.
Una muestra del bloqueo, es que esta entrada empezó realmente como un plagio a un post de @omargamboa, pero tomé 16 ideas diferentes de la que ninguna concretó. Y del mal genio que me produjo esto, es fruto este post.
El caso es que estoy harto de todo esto. Del bloqueo que me impide escribir acá, mi libro y hasta un saludo decente en MSN. Del estado depresivo que puede hacer que la poca gente que todavía no ha salido espantada por la mirada Machecor, ni por mis hábitos de mulero medio sociópata, ni por el excesivo desprecio con el que hablo de mí mismo, comience a ver cómo se va. Del estado de soledad que me posee desde hace varios meses. De intentar caerle a alguien y que todo conspire para que termine dejándola en bandeja de plata a alguien que no necesita que le ayude. De que no pueda superar una tarde que fue sólo eso, una tarde. De los viejos amigos que ahora no hacen más que mencionarlo a uno como la maricada hecha gordo, porque uno tiene amigos homosexuales. Incluso, del repudio que desarrollé el jueves al Container, otrora grupo de amigos, hoy día carrera para emborracharse y emborrachar a otros, con tequila a $21000 la media.
Toda esta situación me tiene harto, me ha vuelto a alguien muy mamón. Todavía me causa curiosidad que haya gente que siga mi Twitter, e incluso me causa sorpresa si recibo más de una visita a este post. Todo porque considero que la gente debe leer a alguien cuando tiene algo agradable que decir, y yo no lo tengo, ni lo he tenido durante mucho tiempo. Sólo sandeces que a la gente le causan gracia, y que a veces me hacen dudar si la gente se ríe conmigo o de mí.
Pero no lo sé realmente. Sólo sé que tenía que desquitarme. Que tal vez tengo que romper algún sello interno. Que necesito echarle la madre a alguien, que tal vez, deba deshacerme de muchas cosas, y tal vez de algunas personas. Que de pronto ya no de más espera eso de tener una novia. O que de pronto simplemente soy un pobre güevón con algo de suerte, algo de habilidad, y que sólo ha servido para fallarle a todo el mundo y no cumplir con las expectativas de la gente. Y como digo continuamente, "si una persona te dice que eres un güevón, el güevón es él, pero si 100 personas te dicen que eres un güevón, es porque eres MUY güevón".
Dije no cumplir con las expectativas de la gente. Tal vez sea que hago que la gente crea mucho sobre mí. Debe ser que tengo habilidad para la política Casi todos los que conozco creen que soy una gran persona, que resulto muy agradable, buen conversador, amable y buena gente, cuando la verdad es que soy demasiado despiadado para ser agradable. Muy frentero para ser amable. Y muy descarado para ser buena gente. Y eso sólo lo saben los que me conocen bien.
Precisamente por frentero es que escribo esto, a pesar de los problemas que pueda traerme en el futuro. No soy hombre de callarme las cosas, y mucho menos cuando necesito desquitarme. Porque sé que puede (no, no puede, VA) a traerme problemas lo hice acá, donde menos gente lo vea. Es mi desquite, y como alguna vez le dije a mi papá, es como vaciar una presa: si se hace mal, la presa se rompe y arrasa con todo lo que haya río abajo. Intento vaciar mi presa de forma controlada, pero parece que se ha roto. Así que, amigo lector, protéjase antes de que la inundación se lo lleve.
viernes, 22 de enero de 2010
Con miedo al sur
Recientemente he conocido más gente que le teme al sur de lo que creía. Es posible que todo se deba por su modo de crianza. Al fin y al cabo, yo cuando niño le temía a los negros, porque en Boyacá la colonia afrodescendiente era casi nula (ya no, culpa del desplazamiento, pero eso es otra cosa). O también puede ser por ignorancia.
Pero a mí, que he vivido en 4 casas diferentes en los cuatro puntos cardinales de Bogotá, siempre me causa curiosidad ese detalle de la gente que le teme al sur. Ellos que, como alguna vez dije, creen que de la calle 72 para abajo es Soacha, que al sur de la 26 atracan, y de la 13 para allá hay guerrilla. Por supuesto, hay cosas de esas que son verídicas, pero la pregunta es el por qué.
Una teoría mía es la ignorancia de la gente. Por ejemplo, muchos no saben qué es Mandalay o Ciudad Jardín Sur. El primero es un barrio, que creo fue construido por Sarmiento Angulo, ubicado al lado de Banderas y de Ciudad Kennedy, Avenida de las Américas con Boyacá. El segundo es otro barrio por el estilo, que queda muy cerca al hospital San Rafael y el Restrepo, calle 17 sur entre Carrera 10 y Av. Caracas.
Qué ocurre con ambos barrios? Ambos son estrato 4 y, de hecho, algunas casas son 5. Hay un amplio corredor que atraviesa la ciudad aproximadamente por las calles 11 sur y 8 sur, que es el "sur rico", si se puede llamar así: Ciudad Montes, Santa Isabel, Marsella y otros barrios más, ubicados con nomenclaturas que incluyen el término "sur" al que tanta gente le teme.
Por supuesto, también hay depauperados en el norte, y no me refiero a Suba o al Codito. Está aquella invasión en la 127 con Séptima, oculta ahora de los ojos de los peatones por la construcción de amplias y seguras torres. Aún así, esta invasión se hace notar, cada que alguien es robado en Unicentro o en Usaquén, a lo que la gente ignorante le achaca la culpa a los 3 millones de bogotanos, es decir, la tercera parte de la población bogotana, que vive al sur del río Fucha. Y que se le olvida que todos los cerros orientales, desde Lijacá hasta Usme, tienen un corredor de pobreza sólo interrumpido por Bosque Medina, Chicó Oriental, Rosales, y parte de Chapinero Alto. Mire usted, querido amigo, cuando su taxi lo lleve por la Circunvalar, hacia arriba, entre la Javeriana y el Politécnico. Eso es el Pardo Rubio, un barrio de invasión legalizado y bien grande, estrato 2, trepado en el cerro del Cable.
Por supuesto, también está el temor a lo desconocido, a kilómetros de cuadras iguales donde "puede salir un atracador en cada esquina", con direcciones como calle 45G sur con carrera 73N (Olarte). Es claro que hay pedazos atemorizantes, y que muchísimas partes del sur de verdad son peligrosas. Pero por qué lo son?
Muchas veces, el atracador ataca al asustado. Piensa, y con razón, que si alguien está paralizado del susto, es porque tiene algo de valor. Y por eso ataca. Pero no sucede sólo en el sur (o el centro, ya que estamos) aunque la probabilidad es más alta. Ya había dicho lo de la 127, entre la 9a y Unicentro; por muy Country Club que haya al lado, es cosa sabida que ese es un foco de robos impresionante. Una amiga le teme muchísimo a la calle 81 entre carreras 15 y 19, por su alumbrado deficiente y que es una calle peatonal arborizada. Es decir, para asustarse lo único que uno necesita es tener motivos, y así como la gente le teme a las ratas, a hablar en público o a las arañas, le podrá temer a una calle si no le gusta.
Tal vez el tema del sur es que, entre el nororiente y el suroriente, se encuentra el centro. Ver cómo hay cientos de recicladoras, burdeles y talleres a sólo 3 cuadras del Parque Central Bavaria, o cómo las Torres de Fenicia tienen como vecinos al peligroso barrio Laches, la gente teme cruzar más al sur. Y supone que todo el sur es así, cuando la verdad no lo es.
Y claro, sólo cruza el sur cuando va para Chinauta, Girardot, Anapoima o demás municipios donde uno se calienta. Cómo lo hace? De la misma forma que los yuppies de Manhattan cruzan el Bronx cuando suben a los paradores de esquí alrededor de Lake Placid, o cruzan Queens camino de los Hamptons: con los vidrios cerrados, el aire acondicionado/calefacción prendidos, y escuchando música o La W a todo volumen. Y perpetúan el desconocimiento, que como bien se sabe, redunda en odio.
Así pues, querido amigo que le teme al sur, la mejor receta es que lo cruce. Tome un bus para el Centro Comercial del Tunal (si le teme también a los buses, coja Transmilenio y haga el cambio al alimentador "Tunal" en la estación de la calle 40 sur). Conozca las carnes en la Primero de Mayo con Boyacá, la iglesia del 20 de Julio, toda la gente que está allá, al sur. Y deje de mirarlos con desprecio.
Pero a mí, que he vivido en 4 casas diferentes en los cuatro puntos cardinales de Bogotá, siempre me causa curiosidad ese detalle de la gente que le teme al sur. Ellos que, como alguna vez dije, creen que de la calle 72 para abajo es Soacha, que al sur de la 26 atracan, y de la 13 para allá hay guerrilla. Por supuesto, hay cosas de esas que son verídicas, pero la pregunta es el por qué.
Una teoría mía es la ignorancia de la gente. Por ejemplo, muchos no saben qué es Mandalay o Ciudad Jardín Sur. El primero es un barrio, que creo fue construido por Sarmiento Angulo, ubicado al lado de Banderas y de Ciudad Kennedy, Avenida de las Américas con Boyacá. El segundo es otro barrio por el estilo, que queda muy cerca al hospital San Rafael y el Restrepo, calle 17 sur entre Carrera 10 y Av. Caracas.
Qué ocurre con ambos barrios? Ambos son estrato 4 y, de hecho, algunas casas son 5. Hay un amplio corredor que atraviesa la ciudad aproximadamente por las calles 11 sur y 8 sur, que es el "sur rico", si se puede llamar así: Ciudad Montes, Santa Isabel, Marsella y otros barrios más, ubicados con nomenclaturas que incluyen el término "sur" al que tanta gente le teme.
Por supuesto, también hay depauperados en el norte, y no me refiero a Suba o al Codito. Está aquella invasión en la 127 con Séptima, oculta ahora de los ojos de los peatones por la construcción de amplias y seguras torres. Aún así, esta invasión se hace notar, cada que alguien es robado en Unicentro o en Usaquén, a lo que la gente ignorante le achaca la culpa a los 3 millones de bogotanos, es decir, la tercera parte de la población bogotana, que vive al sur del río Fucha. Y que se le olvida que todos los cerros orientales, desde Lijacá hasta Usme, tienen un corredor de pobreza sólo interrumpido por Bosque Medina, Chicó Oriental, Rosales, y parte de Chapinero Alto. Mire usted, querido amigo, cuando su taxi lo lleve por la Circunvalar, hacia arriba, entre la Javeriana y el Politécnico. Eso es el Pardo Rubio, un barrio de invasión legalizado y bien grande, estrato 2, trepado en el cerro del Cable.
Por supuesto, también está el temor a lo desconocido, a kilómetros de cuadras iguales donde "puede salir un atracador en cada esquina", con direcciones como calle 45G sur con carrera 73N (Olarte). Es claro que hay pedazos atemorizantes, y que muchísimas partes del sur de verdad son peligrosas. Pero por qué lo son?
Muchas veces, el atracador ataca al asustado. Piensa, y con razón, que si alguien está paralizado del susto, es porque tiene algo de valor. Y por eso ataca. Pero no sucede sólo en el sur (o el centro, ya que estamos) aunque la probabilidad es más alta. Ya había dicho lo de la 127, entre la 9a y Unicentro; por muy Country Club que haya al lado, es cosa sabida que ese es un foco de robos impresionante. Una amiga le teme muchísimo a la calle 81 entre carreras 15 y 19, por su alumbrado deficiente y que es una calle peatonal arborizada. Es decir, para asustarse lo único que uno necesita es tener motivos, y así como la gente le teme a las ratas, a hablar en público o a las arañas, le podrá temer a una calle si no le gusta.
Tal vez el tema del sur es que, entre el nororiente y el suroriente, se encuentra el centro. Ver cómo hay cientos de recicladoras, burdeles y talleres a sólo 3 cuadras del Parque Central Bavaria, o cómo las Torres de Fenicia tienen como vecinos al peligroso barrio Laches, la gente teme cruzar más al sur. Y supone que todo el sur es así, cuando la verdad no lo es.
Y claro, sólo cruza el sur cuando va para Chinauta, Girardot, Anapoima o demás municipios donde uno se calienta. Cómo lo hace? De la misma forma que los yuppies de Manhattan cruzan el Bronx cuando suben a los paradores de esquí alrededor de Lake Placid, o cruzan Queens camino de los Hamptons: con los vidrios cerrados, el aire acondicionado/calefacción prendidos, y escuchando música o La W a todo volumen. Y perpetúan el desconocimiento, que como bien se sabe, redunda en odio.
Así pues, querido amigo que le teme al sur, la mejor receta es que lo cruce. Tome un bus para el Centro Comercial del Tunal (si le teme también a los buses, coja Transmilenio y haga el cambio al alimentador "Tunal" en la estación de la calle 40 sur). Conozca las carnes en la Primero de Mayo con Boyacá, la iglesia del 20 de Julio, toda la gente que está allá, al sur. Y deje de mirarlos con desprecio.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Cuando se caen las estanterías
Hace una semana desde el momento que escribo este post, estaba saliendo de Penthouse, el bar en la 84, luego de conocer a muchísima gente fantástica de Twitter en los Premios que una gran amiga, Lorena Chaparro, se inventó porque sí. Estaba pletórico y no de trago. Una preocupación latente surgía, pero opciones habían aparecido de repente.
Hoy, mientras escribo este post, afuera de mi habitación hay un cúmulo enorme de papelería. Cuadernos, libros, folders, carpetas, legajadores y mucho material escolar, que mi mamá tuvo que sacar del salón de clase en el que, durante los últimos 11 años, había estado dictando clases a niños de primaria. Mi mamá lleva 33 años enseñando a niños que ya son adultos y otros que no tanto, a escribir. Entre ellos estuve yo.
Usando las cosas que me dio mi mamá, entre otras muchas, estoy plasmando acá, donde no muchos de mis amigos "reales" (que casi todos son los que hice en Boyacá, antes de conocer las maravillas de Internet). Y es, básicamente, que el mundo como lo conocía se está derrumbando. Y no me refiero propiamente al gran mundo de los macroeconomistas, ese al que le conviene que haya desempleo para poder mandar hacia abajo los salarios. Tampoco al pequeño mundo de los contadores, en el que todo se resuelve con un ajuste de parte del revisor fiscal y nadie dice ni mu, porque todo está en regla para la DIAN.
Me refiero al mínimo mundo personal, que es la familia. Tal vez porque salí muy chino de la casa, tal vez porque tengo algún resentimiento escondido que nadie, ni la psicóloga ni las novias ni el Líder ni nadie, ha sido capaz de sacar, soy bastante lejano en el tema familiar. En Duitama, el que llega me ve constantemente aburrido y callado, encerrado en una habitación de 3 por 3 escribiendo o leyendo, o ahora en Internet. En eso me parezco mucho a mi papá, que también se ha vuelto ensimismado y recóndito, inaccesible de vez en cuando y solitario.
A eso súmese un hijo que, como me dijo mi papá esta noche a la cena, es un fracaso tras otro durante los últimos 6 años. Y no lo puedo negar, siendo que casi todos mis compañeros de Ingeniería Química ya están graduados. Y yo, a iniciar de nuevo. Por eso voy a decirles a mis padres que no me subsidien en dinero. Que me dejen vivir en el apartamento de Bogotá, y nada más. Espero que puedan darme eso, porque si no, me va a tocar vivir en un depósito de conjunto, o algo así.
Pues bien, ahora que se derrumba mi familia con la chance de que mi mamá se quede sin empleo, que Laura se vaya a Bogotá y que yo abandone la carrera, me he dedicado a pensar. Me invade una profunda sensación de desaliento. Como si todo esto no tuviera razón de ser. Como canta Gallagher: "is it worth the aggravation, to find yourself a job when it's nothing worth working for?"
Tal vez necesite tomar las riendas de mi vida. Nunca lo había hecho realmente en la vida 1.0, aunque en la 2.0 soy amo y señor. Y los que me conocen en persona saben que soy muy diferente al twittero que mama gallo porque está en la olla, o al tipo que se dedica a putear a Juan Carlos López en el otro blog, o incluso al controversista que arma chacota y al que le arman chacota. En la vida real no sé realmente quién soy. Necesito saberlo. Necesito ser Juan Manuel, no Mache, ni @enlaolla ni Redneck.
Es todo un contrasentido decir esto desde un computador, a un blog que leen casi que sólo conocidos 2.0 y 1.5; pero qué carajos. En algún lugar tengo que desquitarme. No quiero hacerlo evadiéndome a punta de ginebra, whisky, guaro, lo que sea. Acá toca, al fin y al cabo el teclado aguanta porrazos. Yo lo uso para desquitarme. Antes de enloquecerme, mejor buscar una válvula de escape.
Adenda: Sé que, gracias a Twitter, voy a tener muchos lectores, así que espero que sepan entender la gracia de este asunto. No uso palabrería bonita, básicamente porque lo voy botando como cae. Disculpas a los nuevos lectores, en los próximos posts verán que siempre es así.
También disculpas a todos los lectores por encartarlos con esos problemas internos. Este es mi desquitadero, de hecho lo escribo pensando que nadie lo lee. Estas reflexiones salen así, antes de que me hagan estallar y dañar gente que aprecio, que quiero. Algunos de los lectores están ahí.
Hoy, mientras escribo este post, afuera de mi habitación hay un cúmulo enorme de papelería. Cuadernos, libros, folders, carpetas, legajadores y mucho material escolar, que mi mamá tuvo que sacar del salón de clase en el que, durante los últimos 11 años, había estado dictando clases a niños de primaria. Mi mamá lleva 33 años enseñando a niños que ya son adultos y otros que no tanto, a escribir. Entre ellos estuve yo.
Usando las cosas que me dio mi mamá, entre otras muchas, estoy plasmando acá, donde no muchos de mis amigos "reales" (que casi todos son los que hice en Boyacá, antes de conocer las maravillas de Internet). Y es, básicamente, que el mundo como lo conocía se está derrumbando. Y no me refiero propiamente al gran mundo de los macroeconomistas, ese al que le conviene que haya desempleo para poder mandar hacia abajo los salarios. Tampoco al pequeño mundo de los contadores, en el que todo se resuelve con un ajuste de parte del revisor fiscal y nadie dice ni mu, porque todo está en regla para la DIAN.
Me refiero al mínimo mundo personal, que es la familia. Tal vez porque salí muy chino de la casa, tal vez porque tengo algún resentimiento escondido que nadie, ni la psicóloga ni las novias ni el Líder ni nadie, ha sido capaz de sacar, soy bastante lejano en el tema familiar. En Duitama, el que llega me ve constantemente aburrido y callado, encerrado en una habitación de 3 por 3 escribiendo o leyendo, o ahora en Internet. En eso me parezco mucho a mi papá, que también se ha vuelto ensimismado y recóndito, inaccesible de vez en cuando y solitario.
A eso súmese un hijo que, como me dijo mi papá esta noche a la cena, es un fracaso tras otro durante los últimos 6 años. Y no lo puedo negar, siendo que casi todos mis compañeros de Ingeniería Química ya están graduados. Y yo, a iniciar de nuevo. Por eso voy a decirles a mis padres que no me subsidien en dinero. Que me dejen vivir en el apartamento de Bogotá, y nada más. Espero que puedan darme eso, porque si no, me va a tocar vivir en un depósito de conjunto, o algo así.
Pues bien, ahora que se derrumba mi familia con la chance de que mi mamá se quede sin empleo, que Laura se vaya a Bogotá y que yo abandone la carrera, me he dedicado a pensar. Me invade una profunda sensación de desaliento. Como si todo esto no tuviera razón de ser. Como canta Gallagher: "is it worth the aggravation, to find yourself a job when it's nothing worth working for?"
Tal vez necesite tomar las riendas de mi vida. Nunca lo había hecho realmente en la vida 1.0, aunque en la 2.0 soy amo y señor. Y los que me conocen en persona saben que soy muy diferente al twittero que mama gallo porque está en la olla, o al tipo que se dedica a putear a Juan Carlos López en el otro blog, o incluso al controversista que arma chacota y al que le arman chacota. En la vida real no sé realmente quién soy. Necesito saberlo. Necesito ser Juan Manuel, no Mache, ni @enlaolla ni Redneck.
Es todo un contrasentido decir esto desde un computador, a un blog que leen casi que sólo conocidos 2.0 y 1.5; pero qué carajos. En algún lugar tengo que desquitarme. No quiero hacerlo evadiéndome a punta de ginebra, whisky, guaro, lo que sea. Acá toca, al fin y al cabo el teclado aguanta porrazos. Yo lo uso para desquitarme. Antes de enloquecerme, mejor buscar una válvula de escape.
Adenda: Sé que, gracias a Twitter, voy a tener muchos lectores, así que espero que sepan entender la gracia de este asunto. No uso palabrería bonita, básicamente porque lo voy botando como cae. Disculpas a los nuevos lectores, en los próximos posts verán que siempre es así.
También disculpas a todos los lectores por encartarlos con esos problemas internos. Este es mi desquitadero, de hecho lo escribo pensando que nadie lo lee. Estas reflexiones salen así, antes de que me hagan estallar y dañar gente que aprecio, que quiero. Algunos de los lectores están ahí.
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