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miércoles, 3 de agosto de 2011

Barba azul

(N. del C. de R.: el siguiente post acompañó mi postulación al concurso "Esa barba que raspaba como lija". Espero que sepan comprender que, ya que no tramo de barba, intenté tramar de historia; y a mi profesor de Artes Narrativas le gustó -!-)

Pereza, madre de todos los vicios. Y de casi todas las barbas. La mía, por ejemplo: mi barba es una oda a la locha de tener que levantarse con media hora de antelación, tomar la Gillette y pasar, repasar y re-re-re-repasar sobre la cara hasta quedar hecho uno un tomate. De ser un Papá Noel cada dos días, por la espuma. De encontrarse que quedó uno mal afeitado, y en la articulación de la mandíbula quedan 10 pelos por las que se la iban a montar todo el día a uno en el colegio.

Mi mamá no entiende de perezas. Ni de barbas. Le molestaba que mi papá saliera todos los días a las 5 a afeitarse con máquina eléctrica, despertando a toda la casa con el escándalo; pero se puso peor cuando él se cansó de la rutina y, aprovechando un viaje al Cocuy de una semana, duró tres meses sin pasar 15 minutos frente al lavamanos viendo caer pedacitos de pelo, que le hacían falta por estar quedándose calvo. Yo heredé de mi papá la calvicie prematura, y la barba en lugares incómodos, como los pómulos.

Mi mamá no entiende de barbas, del poder que le da a uno a los 22 años la barba, el de ser un hombre adulto con el derecho de no afeitarse si se le da la gana, en vez de un chino imberbe. Ella me regaló hace un par de años una máquina eléctrica, “para que esté bien afeitado”. Yo me recorto con ella los pelos de las mejillas, cada dos días, y así la barba queda bien delineada y se me ve bien, creo.

Porque no a todos se nos ve bien la barba. A mí se me ve peor recién afeitada. Se me irrita el cuello, y me toca andar un día con la camisa abierta y mostrando pelo en pecho, cual gamonal de pueblo, porque me incomoda el cuello de la camisa y su roce en la papada. Luego la lija, las ganas de afilar lápices en la mandíbula para calmarse el escozor y para probar que de verdad raspa. Una semana después, vuelven a asomar a la vida, los tres pelos que uno odiaba en su pubertad se vuelven un bosque y orgullo del portador, interés de los (y las) que están alrededor de uno.

No es luenga como la de Rafael Núñez (ref. billete viejo de $5000). No es una densa selva de blanco cabello como la de Hemingway. Tampoco es una barba llena de símbolos y emblemática, como la de Fidel Castro. Pero como mi papá dice cuando se le recuerdan los defectos de su camioneta Renault 18, “es mía y por eso la quiero”. Y por eso la mantengo en forma. Incluso, a veces, por eso la acabo, para que mejore. El evangelio dice: “el grano que muere  dará en abundancia un fruto nuevo”. A la barba, la afeito con esa misma esperanza: que dé en abundancia vello facial nuevo y mejor.

viernes, 22 de abril de 2011

Semana Santa (o Receso de Primavera?)

Una semana de abril del 30 d.C., en Jerusalén, era la Pascua judía, fiesta a la que se volcaban los pueblos de Judea y Galilea. Entre ellos, llegó un grupo de pescadores, pastores y campesinos hebreos liderados por un maestro religioso llamado Jesús de Nazaret, de unos 35 años, el cual fue arrestado debido a las maquinaciones de los líderes religiosos del pueblo judío en aquel entonces, los fariseos. Y apoyado por estos líderes, el gobernador romano de la provincia de Judea lo mandó crucificar el día anterior a la Pascua, viernes. Ese viernes murió Jesús, y cuenta la leyenda que el domingo resucitó, y se apareció a algunas mujeres fieles de sus creencias. Esta leyenda, que se llama evangelio en lenguaje coloquial, es parte trascendental de las creencias cristianas que, en diferentes colores, sabores y olores, contienen a más o menos un tercio de la población mundial. Y más o menos la mitad (en el mundo) de los cristianos son católicos, los que celebran de una u otra forma toda esta semana con el nombre de Semana Santa. Entre ellos, más o menos el 85% de la población colombiana, que está bautizada.

Población colombiana entre la que me cuento. Escribo esto desde Duitama, ciudad de 130 mil habitantes en el (inundado) valle del río Chicamocha, en Boyacá; tierra de lo más católica de este país. Acá la gente todavía cumple con muchos preceptos: lleva ramos de caña, porque ya no se puede usar palma, para el Domingo de Ramos. Visita monumentos los Jueves Santos, en varias de las 15 iglesias, más o menos, que tiene la ciudad. Hace el viacrucis los viernes. Algunos se aguantan dos horas de las Siete Palabras; otros van a las vigilias, y así. Acá en Boyacá se vive todavía la religiosidad y recogimiento de la Semana que, todavía, algunos se empeñan en llamar como Mayor. Cómo se vive? Todo está cerrado. No hubo hoy buses, no hubo taxis, ni supermercados (sólo Carrefour) ni la mayoría de restaurantes ni bares ni nada de nada de nada. Todavía la gente se reúne a rezar en Semana Santa.

Por qué digo que "todavía"? Pues porque está reduciéndose esa proporción de gente que toma la Semana Santa como una cosa religiosa. Y aumenta la que la toma como descanso, como yo. Sinceramente, yo fui a ver monumentos ayer e hice el viacrucis (así sea dentro de la iglesia que queda a una cuadra de mi casa de acá) esta mañana, pero porque mis papás iban; si no, me quedaba en mi casa durmiendo, viendo películas que me tocan, o simplemente pasando las pertinaces lluvias, que mal que bien, se calmaron para las 24 horas de las procesiones. Y muchísima gente directamente se olvidó de lo religioso, cogió las de Villadiego, y se fue a donde el presupuesto, el clima y los derrumbes la dejaran. Llámese Villa de Leiva o Miami, Armenia o Cancún, San Andrés, Santa Marta o, simplemente, se quedó en Bogotá. Y qué es todo ese bullicio? Dejen descansar, carajo, que hace guayabo.

Cada quien hace de su trasero un candelero, dice mi mamá. Cada quien tiene libertad de escoger la religión en la que cree y la forma en la que lo expresa, dice la constitución. Y cada quien conoce de qué lado le tallan los zapatos, dice el refrán. Así, cada quien verá qué hace con los días que los empleadores otorgan, sea de buena voluntad u obligados por el gobierno, para descansar y recogerse, diría la Iglesia Católica. Iglesia que cada vez está más enredada en poder conseguir que la gente se aproxime a ella. Y eso se nota en las procesiones, que tienen un promedio de edad mayor, y una proporción menor de jóvenes, cada año. A nosotros los adolescentes y adultos muy jóvenes - diga usted, hasta los 27 - no nos llama la atención mucho estar dos horas a sol y lluvia cantando desganados cosas como "por tu cruz y tus clavos, perdón, Señor, piedad..." o recitando, que no rezando, una oración que nos coge "gimiendo y llorando en este valle de lágrimas" (Dios te salve, Reina y Madre, madre de vida, dulzura...)

Para muchos, este es el Receso de Primavera que los gringos llaman Spring Break y aprovechan para bajar a calentarse, luego de varios meses de nieve, embriagarse como cosacos, tener sexo como mandriles, y volver como muertos a presentar exámenes. O a estudiar, se han visto casos. Y sí, para muchos ese es el plan de Semana Santa: bajar al valle de los pueblos sexosos (Nalgar, Tirardot, el Preñón, Carmen de Apichalá) a hacer las gracias que sugieren dichos nombres, adorando al dios Baco o su equivalente aguardientero. Si da la plata, hasta Cartagena, Santa Marta, San Andrés o donde caiga. Y si no, pues qué carajos.

Yo no puedo hacer eso. Motivo? Estoy con mis padres, mi mamá está con su madre (es decir, mi abuela) a 2 km, y por ende se hace lo que la matriarca de la familia diga; sobre todo porque la familia materna viene del pueblo de Tibasosa, conocido como el Matriarcado gracias a sus 5 alcaldesas consecutivas en los 70. La matriarca de la familia tiene 83 años, está lúcida y jode como por 10. Y por gracia de ella no se sale a los bares, no se reúne uno con los amigotes, no se come carne desde el miércoles, y no se hace un carajo. Es tiempo de recogimiento y reflexión. Tal vez eso es lo que nos hace falta, reflexionar un poco en medio de tanto trago y tanto guayabo. Yo ya puse mi reflexión de la semana. Eso, o que el aburrimiento por no hacer un carajo me tiene pensando pendejadas sobre la Semana Santa mientras me voy a Bogotá...

viernes, 18 de marzo de 2011

Después del debut

No pensé que fuera tan jodido sino hasta que me metí en ello. No pensé que fuera a sacarme tanto sudor. No se me ocurrió que se hiciera tan complicado conseguir un resultado satisfactorio para mí. No esperaba que le gustara a quien quería que le gustara. Y por supuesto, no esperaba que fuera a causar la reacción que generó. No supe en la que me metí, y sólo hasta que vi los resultados me hice a una idea.

En verdad, escribir de sexo es jodido.
La pluma descansa sobre el cuaderno (foto propia)

Lunes, 8:50 pm. Con cuatro parciales esta semana, de los que sólo sabía realmente que tenía dos, dos reseñas, y con una exposición presentada por la mañana, resultaba complejo cuando menos que pudiera concentrarme totalmente en algo. Y en una de esas desconcentraciones, recordé el proyecto que tenía pendiente. Un intento de historia en respuesta a una que Marcela, sicóloga de la casa, había publicado en el blog "Del Amor y otros Desastres", citada en el post anterior.

Yo no soy sicólogo y, por ende, no sé cómo asocia uno los pensamientos. Pero por alguna razón que sólo puedo adjudicar al aburrimiento de leer tres artículos sobre la década de 1930 en la historia colombiana para tres asignaturas diferentes (Historia de Colombia para exposición, Historia del Mundo para reseña, Cátedra Rosarista para reseña y parcial), se me hizo la luz. Once borradores había escrito y ninguno me había gustado; algo que, de hecho, todo el que lee lo que escribe sufre. La palabra incorrecta, el término dudoso o la idea oscurecida por la forma. Aunque en este caso era algo más grave.

Este blog se caracteriza por escribir sobre situaciones ocurridas o que llaman la atención de su autor. Por ejemplo, este post bien podría ser del terremoto - tsunami - crisis nuclear - evacuación - etcétera de Japón. O de la situación libia. O de Wikileaks, de los Nule, de la lucha de Uribe con Santos y la coalición, etcétera. Motivos para escribir, hay muchos. Pero, realmente, ¿había algo nuevo e importante que decir?

En mi opinión, no tengo nada importante que decir. Algo que he aprendido en la carrera es que uno debería usar los medios para decir cosas importantes o, al menos, interesantes, pero lo único que podría añadir son mis opiniones. Y como no soy Lucas Caballero Calderón, quien tenía columna diaria en El Tiempo, ni Héctor Osuna, que tanto puede decir que hace columnas (como Lorenzo Madrigal) y caricaturas en El Espectador; y ni siquiera me da para ser Daniel Samper Ospina y reciclar los chistes cada 3 columnas, ¡a la gente no le importan mis opiniones! Entonces, no tengo nada que decir en ese tema. Mis 20 lectores por post podrían hacer más informándose en medios serios, como la NHK. Y por eso estoy acá, escribiendo sobre lo jodido que es escribir de sexo. Pensando la pensadera, pero bueh.

Porque sí, es jodido. Me robo una frase de Estefanía Zárate, lectora del sitio y cuyo blog recomiendo, sobre el post anterior: "hay una línea muy delgada que divide la literatura erótica del porno barato, y casi nadie la distingue" (por cierto, Estefanía, deberías hacer el ensayo, así sea como un documento privado). Ciertamente, "...acaba de cerrar sesión" se caracterizó por un proceso de pulido lento y paciente, como sacarle filo a un buen cuchillo: tratar de hacer el post lo menos vulgar y pornográfico posible. Aparentemente, según los comentarios que he recibido en Las Equivocadas y de manera privada, el post ha sido recibido de manera favorable.

Eso es bueno, porque al fin y al cabo, demuestra que uno puede escribir sobre este tema con cierta holgura, y que hay una buena base. Cosas para mejorar, muchas. A mi modo de ver, y al de varios de los lectores. Este relato de un episodio ficticio, pero que puede suceder (y seguramente, está ocurriendo mientras escribo estas reflexiones y mientras usted las lee) en cualquier lugar y ante cualquier persona.

Porque esa es la verdad, el sexo virtual existe. Ciertamente no es un sucedáneo para el sexo real, y yo lo veo como un tanto más cercano a la pornografía que al sexo como tal. Pero, hoy en día, con el auge de las relaciones personales a larga distancia, cortesía de Internet, telefonía celular y los sistemas de comunicación bajo estas plataformas, es perfectamente posible ver una pareja, un grupo de amigos, y hasta la formación de enemistades y odios acérrimos, entre personas que se hallan a miles de kilómetros de distancia. Cada quien lo tomará con los juicios de valor que su moral, ética y educación le haya inculcado (prejuicios incluidos); y en ese sentido no me voy a meter.

El caso es, al escribir el post intenté representar una situación que (valga la redundancia) ha sucedido muchísimas veces con anterioridad, el acercamiento al cibersexo y la conversión en sexo físico, auténtico si se quiere. Este post de Johanna Pérez lo explica mucho mejor de lo que yo me considero capaz. Jodido, sí. Satisfactorio... lo satisfactorio fue la reacción que generó: a muchísima gente le gustó por X, Y, Z o W razón que no voy a comentar acá. El post también fue publicado en Las Equivocadas con reacciones aprobatorias. Ese es un impulso importante para el escritor, el ver que lo que escribe gusta. 12 borradores después, hace sentir que vale la pena.

Y después de esto, ¿qué sigue? Ya veremos. A lo mejor vuelva a creer que mi opinión es importante. O toque poner un tachonazo más. La pluma está quieta por ahora, pero si hay que moverla, la moveré de nuevo. Sólo les puedo adelantar: no más sexo por ahora en la Floresta de Varia Estulticia. Es muy jodido.

Adenda. El Consejo de Redacción ha decidido cambiar el diseño del blog. Aún así, mantenemos el mismo esquema de colores: British Racing Green en el fondo del blog, un sucedáneo para el dorado en el título. Aún así, las entradas las hemos decidido poner en texto blanco para que se lean mejor y dejar descansar al lector. Espero les guste el diseño nuevo.

martes, 15 de marzo de 2011

...acaba de cerrar sesión (un experimento)

(N. del C. de R.: el Consejo de Redacción se descualquieró leyendo este post, escrito por una amiga de la casa que ya pasó por acá, Marcela. Como una cana al aire, entre reseñas de textos de economía y análisis argumentales que se espera convertir en mejores posts a futuro, este Consejo se permitió la chance de probar algo que nunca había probado: escribir sobre sexo. Marcela, también conocida como @_inquieta, se tomó la molestia de publicar este post y su pareja, si se quiere, en su blog Las Equivocadas, el cual aprovecha para recomendar).

Acabas de irte. Después de venirnos, nos despedimos y nos retiramos. Te desconectas porque tienes que dormir. Yo tengo todavía trabajo por hacer, fotocopias por leer. Tu trabajo, mi universidad. Los dos alejados por la distancia; una serie de alambres y una visita a Skype nos acerca a los dos.
Pero ya no es suficiente.

Yo no quiero estar contigo sin estarlo. No es lo mismo oírte gimiendo y suspirando sin sentir tus suspiros encima. No es lo mismo leer cómo te mojas por lo que mi teclado y mi lengua dicen, no por lo que mis dedos y mi lengua (te) hacen. No es lo mismo ver cómo te secas el sudor sin secártelo lamiéndote. En fin, no es lo mismo instruirte para que te masturbes, y masturbarme en el proceso, que tener sexo.

Yo sé, en los primeros días fue suficiente, y fue muy excitante. Desde aquella remota noche de octubre en que nos quitamos las prevenciones y te pasaste la mano por encima de la camisa, provocativa y seductora, cada quien conoció los gustos, del otro y hasta los propios, como cuando te dejaste sólo el audífono izquierdo porque descubriste que hablarte por ese lado te excitaba más. Poco a poco, Skype y tu iniciativa fueron campo para poder vencer mis temores y miedos, hasta el día en que tu regalo por mi cumpleaños resultó ser la primera sesión de sexo virtual en mi vida. Y sí que fue excitante esa vez, y las siguientes. Hasta que nos conocimos.

Esa tarde, tú estabas acá por algún motivo laboral que se me olvida. Yo sabía que ibas a venir, y había intentado cuadrar un café contigo, pero te me adelantaste; como siempre, tú llevando la iniciativa. Llegaste a la universidad a la hora exacta en la que salía ese martes, y ahí lo supe: pediste tu tiquete en el primer avión para poder pasar la noche acá, conmigo. Y así fue: no necesitamos más que un par de cervezas y una cena. Ya sabíamos lo que nos gustaba, lo que nos excitaba, y cómo conseguir del otro el máximo de placer; y así, sin mediar palabra, tuvimos un polvo épico, si cabe la expresión. De esos que muy pocas veces se repiten.

Han pasado ocho días, y todavía tengo tu sabor en la punta de la lengua; tu olor se aparece en los lugares más insospechados, y tu estallido se alojó en un lugar recóndito de mi cerebro. Hoy volvimos a Skype, a volver a hablarte de lo que te haría, pero esta vez, te dije lo que te hice. Y tú te diste cuenta, y me dijiste lo que me hiciste. No sé tú, pero esta vez sentí que me masturbaba con el recuerdo de la noche pasada, no con lo que me decías. Creo que debemos tener más frecuentemente sexo físico, el virtual no es suficiente. Ya encontré el tiquete aéreo, y seguramente será en el próximo festivo.

¿Desea confirmar su transacción?

domingo, 19 de diciembre de 2010

El post de mi año

Dedicado a Estefanía, que apareció un buen día en el Formspring con una pregunta magistral, y que hoy, 9 meses después, se ha vuelto una  fuente de comentarios y críticas, y una lectora (espero) de este humilde sitio.

Otro año que se acaba. Inicio a escribirlo el 19 de diciembre de 2010 a las 10 de la noche, lo que indica que, a partir de este momento, quedan 10 días y 2 horas para acabar este año, y por una vez en la vida, estoy seguro que voy a cantar con todas las ganas del mundo:



Y sí que me ha dejado cosas muy buenas este año que termina. Ciertamente no me dejó ni chiva (bueno, algo de Chivas sí, pero no mucho tampoco), ni burra negra, ni yegua blanca ni, por supuesto, buena suegra. Pero sí me dejó cosas muy valiosas, y una de ellas es destacadísima: una carrera en lo que me gusta, en lo que soy bueno, y en lo que me va bien. Porque antes estudiaba algo en lo que me gustaba y era bueno, pero no me iba bien (y luego dejó de gustarme); y luego pasé a estudiar algo para lo que era bueno y me iba más o menos  bien, pero que no me gustó. Ahora en el periodismo me siento muy, pero muy, pero muy bien, y mi desempeño académico quedó visto en un post anterior.

En otros aspectos, me parece importantísimo mencionar a un grupo de personas cuya característica principal es que son twitteros. Aunque yo sé que todos los twitteros no son buenas personas - y he estado en varios posts de este año rajando sobre ellos - también quiero agradecer a los que considero amigos, aunque a duras penas los conocía hace 360 días. Carlos Forero, Julián Mondragón, Leonardo Báez, Angie Torres, Andrea Pongutá, Lorena González, Marcela Delgado, Augusto Ruiz, Pedro Poveda, Alejo (Echandía y Cortés), Jaime y Diana Luque. Nombres que dichos así suenan como una lista de fulanos, pero que son personas a las que he logrado conocer por medio de la red social llamada Twitter, con los que pasé buenos momentos en alguna oportunidad, que me dieron oportunidades y apoyaron en su momento, y que todavía están ahí.

Por supuesto, mi momento de gloria del año fue la entrevista al Pibe. Historia que ya he repetido muchas veces (no en este sitio, así que la voy a repetir otra vez más): una entrevista programada un viernes a Nicolás Samper, director de Fútbol Total y uno de los más grandes twitteros que he conocido, que regaña cuando toca pero que no deja de ser buena gente mientras vacía, fue adelantada a miércoles para aprovechar que iba el Pibe. Y pude preguntarle cuatro pendejadas sobre barras bravas, que al final del caso no usé en mi trabajo, pero que me dieron la sensación de que sí, no la había cagado, era esto lo que debía estar haciendo desde un momento. Y al día siguiente, la entrevista a Juan Carlos López, en la que pude lanzar un par de puyas como quería, me confirmó mis impresiones del día anterior: eso es lo que quiero hacer.

Por supuesto, no todo fue bueno este año. Perdí un semestre metido en toda clase de trabajos para evitar morirme de hambre. Me robaron dos celulares y murió otro. Se dañó mi computador, al que tocó meterle casi $300 mil en piezas. No pude superar un momento en la vida, y como resultado terminé perdiendo a mi mejor amiga en una pugna insensata que mantengo sin que, realmente, sepa por qué mantenerla. Tal vez es por celos, o porque decidí perderla con todas las de la ley, no lo sé. Me vi envuelto en un mar de peloteras por todos los frentes, desde el intrascendente de Twitter hasta el pesadísimo frente familiar. Me vi obligado a abandonar la caja del Bestiario2 cuando las diferencias con otros miembros se hicieron insuperables. Duré el año entero sin novia, moza, amante o cosa parecida. Tuve ciertas diferencias con mis compañeros de carrera. Y por supuesto, un duelo inagotable contra el reguetón resulté perdiéndolo.

Pero, al final de cuentas, esos temas negativos del año son poca cosa. Soy feliz haciendo lo que hago, espero con ansias que llegue el 31 de enero e inicie mi segundo semestre en la carrera. Espero que llegue el 15 de enero para llegar a Bogotá, empezar de nuevo mi vida regular, y retomar las cosas en donde las dejé el pasado martes. Estoy dispuesto a hacerlo. Es mi reto. Es mi trabajo. Es lo que quiero hacer.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Resumen final del semestre

Dedicado a Laura en Sincelejo, por la ayuda que me dio para sacarme de encima a Bocarejo. Y al profesor Álvaro Duque de Introducción al Periodismo: esas tres horas a la semana compensaron las puteadas por Lógica y Geografía Humana, las peloteras de los trabajos en grupo, y me permitieron mi momento de gloria del año: entrevistar al Pibe Valderrama.

Hoy, 10 de diciembre de 2010, el Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario entrega las notas definitvas del segundo semestre del 2010. Dato que no les interesa pero a mí sí: hoy se entregan las notas definitivas de mi primer semestre como periodista. Así mismo, hoy, 10 de diciembre, salieron los recibos de pago en dicha alma mater. La importancia del dato: debido a que logré mantener mi promedio por encima de 4.0, mantengo media beca. Traducción: sigo estudiando periodismo en universidad privada.

¿Por qué la importancia de que sea "la universidad privada"? Como muchos de los lectores saben, yo estuve durante casi 6 años dando tumbos en LA universidad pública: la Universidad Nacional de Colombia. Las dinámicas entre universidades son muy distintas, y aún el paso por la Facultad de Ciencias Económicas de la Nacho, que es lo más parecido a una universidad privada que hay adentro, es difícil de comparar. Sobre todo, considerando el factor económico y de estratos, que me ocasionaron algunos problemas complejos de lidiar durante los 5 meses que separan este post, escrito en la semana de inducción de este post.

A eso, añádase que yo soy viejo para ser primíparo. 22 años son edad en la que hoy día, la mayoría de la gente está firmando diplomas y saliendo a matarse en las oficinas, como muchos de mis lectores lo hacen hoy día. Si no me cree, vea la edad promedio de los pasantes en su carrera o en la empresa donde trabaja: 21 o 22 años. Yo cumplo 23 en el próximo mes. Y apenas voy a empezar segundo semestre.

El resultado final de todo esto: estoy desconectado del resto de los primíparos. Su crianza está en otras partes: un complejo que, en términos netamente culturales, resultaba muchísimo más variado que el de la Nacional, pero que de los 19 estudiantes a Periodismo y Opinión Pública que entramos, sólo 3 no somos de estratos socioeconómicos 5 o 6. Añado otra de las estudiantes de transferencia: 4 de 21. Los otros 17 (el 80% de la población de este semestre, haciendo cálculo expreso) resultan venir de un esquema socioeconómico similar, y estar metidos en un mismo ambiente en general de crianza.

Es así como quedé desconectado de ellos. Mientras los primíparos estaban en 7º u 8º grado, yo ya lidiaba contra las crudas lides de la ingeniería química, llámese el cálculo diferencial, la transferencia de calor o el movimiento de fluidos. Ellos apenas despuntaban a los licores y las celebraciones cuando yo me metía las festividades del siglo con todo tipo de gentes: los días de los prom para ellos fueron los días del Container para mí. Ellos oyen reguetón, cosa que, a pesar de haberle dado múltiples oportunidades, nunca podré aguantar, ni siquiera borracho. Ellos no conocen lo que es el trabajo, sea arreando madera en el aserradero de mi prima (2006), cargando cajas llenas de documentos mohosos propiedad de Davivienda (2010) o andando - literalmente: a pie o en bus - la ciudad entera en busca de una dirección para una aseguradora (2007).

Aún así, a pesar de todo no estoy resentido con los primíparos. Ellos están despuntando hasta ahora. De los 19 que entramos este semestre, hay 4 que se retiraron ya a estudiar otras cosas. Éxitos en sus vidas futuras a ellos. Quedamos 15, y 2 de transferencia: 17 estudiantes de primer semestre. En la primera semana de febrero, tendremos que volver a vernos las caras los 17, a ver quién va a estudiar qué con quién y en qué horario. Ellos tendrán que lidiar por primera vez con el sistema, con las inscripciones académicas y con los cruces de horarios. Yo, me armaré de paciencia porque eso es lo que hay.

Ah, cierto, resumen de semestre: todo bien. La calidad académica del Rosario es innegable, aunque la exigencia es menor que en la Nacional. O si es mayor, yo sinceramente no la sentí; muy seguramente, era por estar haciendo algo que me gusta. Varias materias por encima de 4.5, sólo una por debajo de 3.5. Los profesores son excelentes académicamente hablando, y algunos, como mi profesora de Ética, son bastante buenas personas. He tenido tiempo para echar cabeza, más del debido, tal vez, y siempre llego a una pregunta: ¿hubieran cambiado las cosas si hubiera estudiado Periodismo en el 2004 y no en el 2010?

Para responderme, me quedo con la frase que mi profesora de Geografía Humana, que no se caracterizó nunca por los halagos, dijo cuando le entregué cierto taller que elogió profusamente: "bueno, tal vez usted no escribiría tan bien si hubiera llegado acá de 16 años. Con esa habilidad para analizar las cosas, le va a ir muy bien en el periodismo."

Dios la oiga, profesora Bocarejo. Dios la oiga.

Adenda:


Los visitantes de este blog también pueden ver mi nuevo Tumblr. Advierto: va a haber muchas fotos de automovilismo, con algunas ideas al estilo Paulo Coelho, como dijo mi fiel amigo @Jmondrag_ cuando lo conoció. Esa es la idea.

lunes, 11 de octubre de 2010

La mujer de mi vida

(N. de la P.: El siguiente cuento lo realicé yo como parte de un trabajo de mi hermano, para su clase de Taller de Creatividad 1 (me queda grande suponer que en la Nacional dictan tres clases de ese nombre, para ingenieros industriales). Esto fue lo que salió. La mujer de las gafas blancas existe, estudia creo que Relaciones Internacionales en el Rosario. No sé cómo se llama, y todo el resto sí es un ejercicio de la imaginación.)





Lo primero que me llamó la atención de ella fueron sus gafas blancas. Las mismas gafas que me llevaron a ver sus ojos claros, con una mirada profunda y triste. Algo comprensible a tan temprana hora de la mañana, y en un Transmilenio repleto de gente, que viaja hacia el norte. Sólo supe en ese momento que ella era la mujer más atractiva que yo jamás había visto en mi vida.

Entró en la estación del Campín. Yo iba de pie, apretujado en el mismo viaje de siempre, 6:30 de la mañana, por la 30 para la oficina. Iba escuchando las noticias de Caracol, como siempre, pero cuando ella entró, alta y segura, empujada por la puerta cerrándose para que el bus arrancara, dejé de prestar atención a los últimos hechos del presidente Santos y el ministro Vargas Lleras. Obviamente, no podía ver qué tal era su cuerpo, pero no me importaba: su cara me atraía mucho. La nariz apenas prominente, como la de una muñeca, la boca pequeña que tarareaba alguna canción que vendría oyendo en su reproductor de música. El pelo rubio y liso, que le llegaba más o menos hasta los hombros, y le enmarcaba unas mejillas como de porcelana.

En la estación Simón Bolívar, me propuse intentar hacerle la conversación. Pero ¿cómo? Si tenía un par de audífonos, era lógico que ella no quisiera que la molestaran. Podría empezar a hablarle precisamente sobre eso, pero lo más seguro es que ella me viera con cara de “y este tipo, ¿qué?” Tal vez incluso me rechazara de forma más escandalosa. Ya se sabe: “a usted qué le pasa, fuera, policía” y eso. Y me tocaría ir con los policías. Algo que no quería, por supuesto. En esas cuentas, se me fue una parte del viaje.

Ya íbamos llegando al cruce de la Escuela Militar. Y ahí seguía yo, preguntándome sobre cómo iniciarle la conversación. Oí que le timbró el celular,  y no se quitó los audífonos: era un celular lo que estaba oyendo. ¿Estaría oyendo noticias, alguna emisora juvenil – pues parecía de universidad, y no de cualquier universidad – o tal vez música en su celular? Habló, y yo me quité los audífonos de mi propio celular para poder oír su voz. Que Darío Arizmendi siguiera hablando, pensé, eso no me interesaba en el momento. Sólo quería oírla.

El Transmilenio arrancó para cruzar el semáforo de la 24. Justo en ese momento, un camión viejo, un Ford de los años 60 (supe después) iba a toda velocidad por la carrera 24, acercándose al cruce: el conductor no pudo frenar a tiempo por las toneladas de papa que llevaba en sobrecarga (supe después), y se estrelló a casi 50 kilómetros por hora, a las 6:45 de la mañana de ese viernes, contra dos autos, antes de detenerse en el Transmilenio en el que yo iba. El camión se incrustó en las puertas delanteras, y mi niña de piel de porcelana iba recostada contra una de esas puertas. Sus gafas blancas salieron despedidas, su nariz de muñeca se dio contra uno de los tubos para sostenerse, y su cabeza sufrió varios cortes por las esquirlas de vidrio que salieron del camión (supe después).

Yo también me golpeé contra una silla en el pecho y la cabeza, pero no sufrí mayor daño aparente, más allá de un dolor de cabeza. Varios pasajeros ya habían roto los vidrios de emergencia, un par estaban llamando al 123, y otros comenzaban a intentar mover a los heridos para sacarlos del bus. Yo me uní a ellos apenas retomé la conciencia, y sorprendentemente, a mi niña de piel de porcelana nadie la había visto. Y ella estaba sangrando por su nariz rota, su mata de cabello rubio se veía oscurecida por la sangre que estaba secándose en ella. Me le acerqué y le hice la pregunta más estúpida que se me ocurrió en el momento:


   -   ¿Ya te atendieron?
  Sí, no se preocupe.
   - No, sí me preocupo, estás sangrando. Ven, sal mientras llegan las ambulancias.

Salimos por la puerta de emergencias, y la dejé en el separador de la calle. Ella se recostó contra el borde de la calle a esperar alguna ambulancia, y mientras tanto, el dolor de cabeza mío se iba haciendo más fuerte. Yo también me senté al lado, y para dejar de pensar en el dolor de cabeza, decidí hacerle conversación. Adriana, se llamaba, estaba estudiando administración de empresas en una universidad del norte. Yo dije con pena lo que hacía, pues trabajar en un call center no parece una opción muy válida si quieres levantarte a una estudiante de universidad privada. Pero ella me dijo que también lo había hecho durante unos meses, hasta que pudo conseguir una beca; y me sonrió.

Yo intenté sonreírle también, pero el dolor de cabeza se volvió insoportable. Así que me recosté, aunque seguía pendiente de ella, que me parecía cada vez más pálida. Ya había llegado la Policía a hacer la investigación del caso, ya habían llegado algunas ambulancias. Y un paramédico nos vio a los dos, en el separador de la Calle 80 con 24, recostados, ella, con el cabello ensangrentado y el tabique roto, y yo, con una ligera hemorragia nasal, algo de dificultad para respirar, y un dolor de cabeza que iba cediendo.

Nos llevaron a los dos en la misma ambulancia, con destino a una clínica cercana. En el camino, sentí que no podía respirar, pero el dolor de cabeza seguía bajando, y una repentina sensación de liviandad se apoderó de mí. Supuse que eran anestésicos que me estaban aplicando, pero el paramédico comenzó a gritar por radioteléfono que necesitaban, apenas llegáramos al hospital, un equipo de reanimación y una máscara de oxígeno. Y no me preocupé, el alivio se estaba haciendo completo y me sentía flotando en el espacio.

Nunca llegué a la sala de urgencias. Adriana sí lo hizo, y en este momento está en cirugía plástica para corregirle el tabique nasal roto. Yo no sé dónde estoy, aunque sí sé qué me pasó: sufrí una serie de hemorragias internas (cuya única muestra externa fue la hemorragia nasal) que impedían que me pasara suficiente sangre al cerebro. Básicamente, me asfixié con mi propia sangre. No sé dónde estoy ahora, pero sí sé que Adriana no está conmigo. Y tal vez, cuando llegue, ya no me acuerde de ella; ella era la mujer de mi vida. Ahora busco la mujer de mi muerte.

lunes, 21 de junio de 2010

De evasivas, amagues y pases de torero

- Estás como rara hoy...
- No es nada, no te preocupes.
- Te pasa algo?
- No, no me pasa nada.
- Te pasa algo. Qué te pasa?
- Que no me pasa nada! Si me sigues molestando, sí me va a pasar algo!

El lector hombre que no sepa a qué me refiero con esto, es porque no ha tenido novia ni amigas muy cercanas. Y estoy casi seguro que todas las lectoras mujeres de este sitio lo han hecho en un momento u otro. Es una de las posturas más complejas de aceptar para uno, y en especial para mí, que me caracterizo por ser frentero hasta el extremo y, a pesar de intentar no serlo, llegar al guache con facilidad. Lo resumiré con cruda franqueza: a mí no me gustan las evasivas.

Dicen los analistas que una de las principales complicaciones al momento de las relaciones de pareja es la falta de comunicación. Es decir, que en una relación sentimental, un cónyuge no tiene idea de lo que le sucede al otro, ya sea porque el uno se equivoca al decirlo, o porque el otro no presta la suficiente atención. Y normalmente, esta situación se mantiene creciendo, y creciendo, y expandiéndose... hasta que llega un momento en el que uno de los dos extremos cede. Y cuando cede, normalente es con un choque muy fuerte, que puede arrasar con las relaciones. Muchas veces, por una pendejada.

Piense usted en una represa: si la represa no se vacía regularmente, la presión acumulada del agua que se encuentra en el embalse puede romperla. Y al romperse la represa, toda el agua acumulada en el embalse se escapa, arrasando con todo río abajo. Así mismo, sucede cuando alguien acumula demasiada presión: explota y resulta arrasando con todo a su paso. Aunque no lo quiera.

Es por esto, estimado lector, que es conveniente ver conversaciones mucho más honestas, claras y directas en ese sentido. Dejar salir poco a poco la presión es mucho más conveniente que acumular odios y rencores. Cuando uno se mete en un problema con su pareja, o sus amigos, que puede solucionarse con relativa facilidad mediante el uso de conversaciones, es mejor afrontarlo de frente. A pesar que puede tornarse muy dolorosa la respuesta, es mucho mejor para uno poder cuadrar problemas pequeños, que no armar grandes dificultades posteriormente, cuando uno se calla las cosas.

Adenda. Es de peor gusto lo que pasó con los mockusianos cuando perdieron las elecciones, que lo que pasó con los santistas. A pesar de un cierto dejo de revanchismo en varios santistas respecto a la llamada ola verde, muchos de los derrotados resultaron pidiendo la sangre de Santos. De nada sirve que Mockus haya pedido el respeto de la vida, si sus hinchas se olvidan de eso para referirse a Santos. En este momento, la postura de la ola verde debería ser de control político, como el mismo Mockus dijo ayer en su genial discurso reconociendo la derrota. Apoyar al futuro gobierno en lo que haga bien, y ser incisivo con todo lo que Santos haga mal.

viernes, 11 de junio de 2010

La Nacional de civil

Mis lectores, creo, conocen que yo estudié 6 años en la Universidad Nacional. Un tiempo de economista y otro de ingeniero químico, lo que ahora parece un contrasentido, siendo que pretendo asentarme en el Rosario como periodista. El miércoles anterior, volví a la Nacional por motivos que están más allá del alcance de este post (en otras palabras, no pregunte por qué). Posiblemente este post no esté hecho para hablar más de lo que vi, sino de lo que recuerdo y me activó la universidad.

Una de las situaciones más raras para el visitante que entra por primera vez a la Nacho, es descubrir la cantidad de verde presente en la Universidad Nacional. La Nacho es un lote gigantesco, que según me enseñaron en la inducción, tiene más de 130 hectáreas. Esto hace que la vista dentro de la universidad permita encontrar pequeñas joyas, como la Capellanía, ocultas entre el denso bosque; o que estudiantes aparezcan de la bruma a las 6:45, en las mañanas de mucho frío, corriendo apurados para llegar a sus clases. Y así mismo, cuando llueve o llovizna, la universidad toma un tono oscuro, gris y frío, y los charcos y lodazales causan grandes contratiempos a estudiantes, docentes y visitantes por igual.

A mí me sucedió la primera vez que entré a la universidad, por allá en septiembre de 2003. No creía que fuera tan grande, sobre todo porque esa ocasión implicó que yo atravesara casi completamente la universidad de oriente a occidente, de la portería de la 45 (donde me dejó el bus) a la Concha Acústica. Y allí descubrí, también, el verde y el problema del barro.

En los 4 años que estuve en Ingeniería, era gustoso de hacerme en un pastizal (pequeño para los estándares de la Nacional, pero más grande que muchos parques de barrio), frente al edificio de Matemáticas y al lado del de Química. Allí aprendí la importancia de ver bien a la gente. Como todo el mundo sabe, en la Nacho aparecen matriculados informantes del Ejército, milicianos de las FARC y el ELN, padres y madres de familia, hijos de papi, hijos de papi... cultor, y uno. Aún así, a mí no me importaba tanto ver a la gente por lo que era, sino intentar adivinar sus historias de fondo. Así como estaba el hijo de un funcionario poderoso del gobierno, con apartamento propio en el Chicó, laptop nuevo cada 6 meses y un carrazo para sí, a su lado en las clases también podía estar el hijo de un desplazado, que demostró ser un genio para la química y que trabaja en las bibliotecas de la universidad para pagar el préstamo beca y el bono alimentario.

Así mismo, todos esos trasfondos de las personas allí presentes, permitían diferenciar mucho a la gente de las carreras. Los de Derecho, mucho más combativos políticamente, contestatarios y hasta peleones, como infinidad de capuchos que han estado en sus aulas. Los de Ciencias Humanas, medio fritos, muy dados a las discusiones semánticas y profundas, pero también influidos intensamente por la posición de una universidad que se alinea mucho más con Andrés Caicedo que con García Márquez, que prefiere a Pérez Esquivel sobre Borges. Los de Económicas, que aparentemente andan en otro mundo, con un aumento marcado de gente de mayores estratos, y con un equilibrio improbable para los ojos del observador externo, pero que yo como insider entendí: la dicotomía de una facultad compuesta de, por un lado, niños play que no tienen ningún problema en beber Old John con sus amigotes, que, por otra parte, pueden estar en áridas discusiones teóricas sobre si es más apto un manejo económico basado en modelos keynesianos o según las teorías de  Milton Friedman; y allá al otro lado, las fortísimas declaraciones de grandes "pensadores" que, con Marx como biblia, proponen la salvación del mundo según las ideas de izquierda desde sus portátiles Mac.

Todo esto me vino a la mente viendo los apurados preparativos que hacían los de Diseño Industrial para mostrar sus trabajos finales. Entre stands con televisores Bravia, muchos portátiles y algunas presentaciones imponentes, la vida seguía trascurriendo, con no sé cuántos estudiantes de Artes contando monedas para cigarrillos, otros corriendo con maquetas, y yo, libre de toda carga académica relativa a la universidad, de observador. Recordé los cientos de veces que, apurado para llegar a una clase, o impotente por el peligro de que el parcial que acababa de presentar fuera perdido, crucé el pasillo central de Arquitectura. Me di cuenta que ya la Nacional, a donde hacía años había entrado como estudiante, o como aspirante para volver a ella, era algo pasado. Y que ahora les pertenecía a ellos, a los que están activos como alumnos.

El día de mi entrevista en el Rosario, presencié la parranda vallenata de los graduados en Jurisprudencia. Los futuros abogados rosaristas estaban ahí, y seguramente más de uno, viendo a los primíparos entrar al stand de Admisiones, dijo "ahora esto es suyo". Eso mismo quisiera decirle a aquellos que, como mi hermano, están a punto de entrar a la Nacional. Ahora esto es de ellos. Cuídenlo, muchos pelearon antes para que estuviera ahí y para que nosotros lo pudiéramos usar como nos diera en gana. No lo desperdicien, como yo lo hice.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Reflexiones en el camino a Chinauta (fragmento del libro)

N. de la P.: este es un aparte de mi libro, que está en proceso de creación. La idea con este aparte es, además de interesar al lector sobre mi obra en creación, y tratar de ganar lectores del blog de @n0ta_mental (?), es pulir un poco el estilo de escritura con la opinión del público. Por favor, estimado lector, no se guarde sus opiniones: por muy malas que sean, comente usted.

La vegetación cambiante, un constante pitido en la parte media del oído y el paulatino incremento de la temperatura son formas en que alguien de tierra fría reconoce su descenso más allá de la cota dos mil. Fabio se sentía sofocado en medio de capas de ropa: debido a que habían salido a las 6 de la mañana de Bogotá, cargaba una gruesa chaqueta de motociclista que comenzaba a estorbarle, ya a las 8, en inmediaciones de Silvania. Así que se desabrochó rápidamente el cinturón para quitarse la chaqueta, mientras Mónica, a su lado, viajaba tranquilamente con su blusa descotada.

En el auto, que descendía desaforadamente entre tractomulas y autobuses, sonaba Blur, mientras Mónica al volante comentaba con Fabio sus impresiones de Camden Park, el verano del 94, y cómo ella fue la causante de que Damon Albarn escribiera la canción que estaba sonando, Girls and Boys: "estábamos en Mallorca con unos amigos, sí? Allá van todos los tipos de toda Europa a desinhibirse, vieras las parrandas que se arman, allá meten todo lo que producen los carteles y las mafias de todo el mundo... pero bueno, te decía, pues en mi hotel estaba este tipo, Albarn, con una gente medio rara, y no te voy a negar que allá en Mallorca habían tipos muy buenos, y con unas amigas nos pusimos un día, en el bar del hotel, a apostar cuántos tipos éramos capaces de rumbearnos esa noche, y pues yo perdí porque sólo pude rumbearme ocho, mientras que la otra era una pelirroja operada, unas tetas absurdas, que se rumbeó como a 10 y se comió a otro tipo, pero eso me vine a dar cuenta después; y pues en esas se me acercó Albarn y me dice algo como "ustedes estaban apostando con tu amiga, cierto?" y le respondo esto: "No, we are girls who like boys, they're boys who like girls" pero le digo que sexo no, que siempre es con alguien que yo ame, algo como "I always do it with someone I really love, you know", y claro, le di mi dirección y tal, y cuando a los tres, cuatro meses salió la canción, Damon, muy amable él, me manda el sencillo de la canción y una carta que tengo allá en Londres..."

Y a Fabio no le importaba lo que dijera. Podía habérsela rumbeado Damon Albarn, todo Blur, todo Londres: en estos momentos él es el que la tiene como oficial. Y después del regalo de cumpleaños que Mónica le había dado, un fin de semana solos, sin siquiera escoltas, en casa de unos tíos, en Chinauta, el alemán estaba preparado para recibir la confirmación del "someone you really love". Ya hacía tres largos meses que había podido darle el primer beso, tras el cual había extendido la trinchera a través de su propia cama, en el apartamento de Chapinero Alto.

Y por supuesto, después de ese habían sucedido muchos. Algunos fallidos, como el que estaba listo a darle cuando sonaron los disparos y atacaron en Chapinero. Otros gloriosos, como el del parque de Usaquén, con coro de basquetbolistas a sus espaldas. Otros más, sutiles, como el andeneado con el que se saludaban si andaba cerca Duberney. Y otros apasionados, como el de la semana pasada en el apartamento de La Cabrera, que se arruinó porque duró 10 minutos, y ya iba convirtiéndose en relación sexual, cuando Fabio, en un arranque de lucidez, recordó que no había comprado condones para esa tarde. Por eso esta vez iba con todas las cuentas claras: dos cajas de Today, por si acaso. Dos botellas de Chivas 12. Dos de Absolut puro y una de Cinzano blanco, para hacer martinis. Algo de comida, mucho de licor. Y algo para la piscina, por supuesto; es así como va a salir todo perfecto este fincho.

Cruzar Fusa. La carretera convertida en calle principal, porque toda la ciudad se extiende alrededor. Fabio sólo veía, a lo lejos, los altos del páramo de Sumapaz. Nombre hermoso ese, aunque allá arriba había una sola guerra desde hace mucho rato, y estaba seguro que unos, a nombre del cartel, estaban transportando por ahí los paquetes para mandar a Nueva York, hoy o mañana, para empezar a abastecer antes de la temporada decembrina. Vacaciones en Cartagena, eran sus planes. Vacaciones en Manizales, eran los de ella. Un fin de semana juntos, eran los planes actuales, y es mejor no pensar mientras tanto, ya que el que piensa, pierde. Así que simplemente se dedicó a escuchar los acordes de Blur, y se dejaría llevar en Chinauta.

jueves, 28 de enero de 2010

Vistas bogotanas I: Centro Internacional

Esta es una sección nueva, contando cosas que se me ocurren cuando recorro Bogotá. Todo esto sucedió camino de la Luis Ángel Arango, el 29 de diciembre de 2009. Va dedicado a Ana María, por la cual me fui a la Luis Ángel ese día, y para Karen, que pidió la entrada desde las 2 de la tarde.

Andaba yo por la ciudad, partiendo desde mi apartamento, en La Soledad. Había recorrido largo trecho por entre muchas calles, carreras, avenidas y diagonales, para llegar hasta donde me encontraba, aunque iba en mitad de mi recorrido, que era para ver iluminaciones (pues sucedió en el diciembre pasado), por un lado, y para reunirme con una gran amiga en inmediaciones de la Luis Ángel Arango, por otro. El atardecer bogotano, que en esos días decembrinos se torna más brillante de lo normal, daba un atractivo tono dorado a las adustas torres de las Residencias Tequendama y la vieja fábrica de Bavaria, a un lado, y del antiguo hotel Hilton, al otro.

Decidí detenerme en ese punto, junto a la estatua de San Martín, quien muriera pobre y ciego después de liberar el sur de América, y de cederle todo su poder militar a Bolívar en Guayaquil. La Carrera Séptima, a esa hora de la tarde, inicia su contraflujo a partir del semáforo de la 32, así que se veía mucho menos transitada que de costumbre. Y la Carrera Trece, por su parte, comenzaba a dar seña de la congestión eterna y constante que ofrece, para todos los que alguna vez hemos tenido que padecerla, desde que se llama Carrera Once y nace en la Universidad Militar, hasta que su flujo vial se distribuye a otra vía estancada, como lo es la Carrera Décima, en los cercanos puentes de la 26.

La Trece ofrece una vista que puede asimilarse, haciendo una cruda regresión, a la del Financial District de Nueva York. Allí, la estrechez de la calle, circulando entre altos edificios, empequeñece al que la recorre en ese corto tramo que rodea al complejo del Hotel Tequendama. Aún así, hay algo que la hace una vía bogotana, y es el barullo de la gente. No conozco Nueva York, pero asumo que debe ser difícil, cuando menos, esperar que en Wall Street se vean personas ofreciendo a grito herido minutos a celular, una caseta con empanadas, otra con “chito charme maní caramelo”, un tipo vendiendo cursos de inglés de 20 páginas y libros de colorear, un grupo vendiendo SIM Cards de Comcel, y otro puesto más con perros calientes (este último sí es posible de conseguir). Aún así, la imagen vista de lejos no es tan alejada de la realidad.

Y ahí está, girando un poco la vista, la Séptima. Una vía indescriptible, más en ese tramo, que concentra la historia del país. La iglesia de San Diego, minimizada por los colosos de acero y hormigón que la rodean. El parque de La Independencia, mutilado por los puentes que a duras penas mantienen el tráfico del centro en orden. El Hotel Tequendama, hogar de papas, presidentes y artistas, cuando vienen de paso por Bogotá. La seguidilla de torres empresariales que, desde la de Colpatria hasta la del Hilton, le dan el nombre de “Centro Internacional” al sector. El Museo Nacional, entre estas torres, que parece una fortaleza y retiene la cultura y el arte del país, con fuerte competencia de parte de la red de museos del Banco de la República. Y ahí estaba San Martín, verdoso de pátina, con excremento de palomas encima, y apuntando al sur que liberara en una campaña militar asombrosa, entre los Andes argentinos y chilenos.

Y en la mitad, yo. Por alguna razón, tal vez el tono dorado de la tarde desvaneciéndose, me dio por quedarme parado ahí, unos 10 minutos. La historia corría ante mis ojos: oía las masas vitoreando toreros en la Santamaría. Veía manifestaciones de todos los calibres, silenciosas unas y ruidosas otras. Allá a lo lejos, distinguí el esplendor y estruendo de la gran Exposición del Centenario, de la cual queda el Kiosco de la Luz, antes hogar de transformadores eléctricos y ahora convertido en biblioteca. Oí el grito de los presos clamando su inocencia, mientras eran llevados a los calabozos del Panóptico. Sentí la brisa recorrer los campos de cebada, llevando consigo el humo que alcancé a oler de la cervecería en plena operación. Escuché el tranvía rodando por la carrera Trece al norte, mientras veía una chiva intermunicipal subiendo pasajeros a mi Boyacá natal, iniciando el largo trayecto que llevaría su pasaje a destino.

Cómo se deshizo el hechizo? No estoy seguro. Tal vez fue una llamada de celular, un pito de buseta, o un grito destemplado: el caso es que algo me hizo reaccionar. Volvió la ciudad, con una brisa fría bajando de Monserrate, como lo ha hecho desde tiempos inmemoriales. Volvieron las busetas, congestionadas en la Trece. Volvió el atardecer, ya perdiendo sus tonos dorados y tornándose ligeramente rojizo, allá, al occidente. Y me puse en marcha.

Bogotá es una ciudad que tiene una magia oculta. Al contrario de París, Nueva York, Buenos Aires o Roma, la magia bogotana no está expuesta a los turistas, sean de los que quieren ver el Museo del Oro, el parque de la 93, o la coca en La Candelaria. Hay que buscarla, y a veces está en un recóndito cruce, un pequeño prado, una casa antigua sosteniéndose entre torres de cristal y mampostería. Otras veces, se le exhibe a quien se encuentra en el lugar justo y en el momento justo. Esta vez, la estatua de San Martín me permitió encontrar la magia de la Séptima.

En los próximos días escribiré más al respecto de esas ideas que transitan por mi mente, cuando ando vagando por Bogotá, la que, a pesar de ser boyacense, considero mi ciudad hoy día. Porque uno, amigo lector, no es de la ciudad que dice su cédula o su registro de nacimiento, sino es de donde siente su hogar. Y esta ciudad, capaz de sobrevivir a Pastrana, a Samuel Moreno y a los marcianos, es mi hogar.