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lunes, 9 de diciembre de 2024

El baile y el salón

Santiago tenía la guardia baja, seguro porque estaba la firma casi en pleno allá, en un último piso de un edificio desvencijado por el que había pasado centenares de veces en una vida pasada pero que ahora era uno de los sitios de moda de la ciudad. La vista nublada por el vapor que exhalaban 200 personas, de las cuales 20 eran los compañeros. Entre tanta gente, Marcela, Lucía, Sandra y Esteban, los patinadores de los procesos. Ellos, dando todo en la pista porque así son, porque tienen la energía de los 25 años y porque sí les gusta el Ferxxo. Él, a pesar de la guardia baja, y aunque tenía mucho trago en la cabeza, no podía dejar de despreciar el reguetón. Bailaba de mala gana, como siempre, excepto cuando empezó a sonar La Guitarra y se dejó llevar por los recuerdos cada vez más borrosos de una miniteca.

Papara papa eo eo

Papara papa eo eo...

No podía estar sonando esa canción. No la canción que más le gustaba a María Cecilia. Y menos cuando el DJ había demorado lo que le pareció un mes el "papara papa eo eo". Se quedó quieto cuando Rubén Albarrán empezó a narrar cómo se besaron bailando en medio del lugar.

"¿Todo bien, Santi? Ven, bailemos"

Lucía lo cogió de ambas manos y empezó a contonearse despacio, como si lo que estuviera sonando no fuera Café Tacuba sino una bachata. Aún así, a Santiago no le importó y se dejó llevar, más atento de la letra que del ritmo. Así la música no fuera llegando al último compás, se quedó pensando.

Quién diría que después de este primer baile, me iba a enamorar.

¿Por qué veía así a Lucía? Era una niña rara, no parecía una abogada promedio: iba hasta los juzgados del centro con una patineta eléctrica que todo el mundo temía que fuera robada, pero nunca le daba miedo andar así. Y menos con unos stickers rosados. Además hablaba con la misma soltura de los trámites del Contencioso Administrativo que de los animes más famosos de Crunchyroll, y eso lo había comprobado ese mismo día, mientras los socios celebraban con McCallan un año exitosísimo y él se había tomado varios whiskys para bajar el mal sabor de boca de una cena francamente mejorable.

Lucía se le pegó mientras aceleraba la canción y le preguntó algo que terminó de desarmarlo.

- ¿No que te gusta Café Tacuba? ¿Por qué te bajoneó así? - Pues sí, pero también era una canción muy cargada, porque era la favorita de María Cecilia.

- Pues sí, pero es de las favoritas de mi ex.

- Ay, fresco, Santi. Hoy estás en otro ambiente. Estás conmigo.

Yo que era un solitario bailando, me quedé sin hablar, mientras tú me fuiste demostrando que el amor es bailar.

¿Por qué veía ahora así a Lucía? No era simplemente "la patinadora al cuadrado" como le decían en la firma por andar con su patineta. "Hay muchas parejas bailando a nuestro alrededor", pero no le importaban. Ni siquiera que él fuera un asociado, ni que media firma estaba al frente viéndolo cómo pasaba de bailar bachata a agarrarla como si fuera un vals.

Mientras tú me fuiste demostrando que el amor es bailar.

A María Cecilia no le gustaba bailar. Él no era el más adepto, pero lo de ella era la música en vinilo, con un vino y leyendo libros, y lo último que él quería era leer después de haber tenido que tragarse toneladas de papel de los procesos que llevaba. Hasta que un día apareció conque uno de sus amigos del club de libros iba a presentarse al mismo Erasmus que ella, algo sobre derechos humanos que ya no importa. Y le salió y lo dejó tirado todo acá, no tuvo la delicadeza de decir que terminaba todo sino mediante una videollamada desde el aeropuerto de Munich en la que muy evidentemente salía el amigote.

Pues vienen otros ritmos que te quieren separar de mí

Y no pueda abrazarme ni sentir tu cuerpo

Y vuelva a bailar solo, como antes de estar junto a ti...

No se dio cuenta y la última frase la cantó al oído de Lucía. Ella le sonrió y le recostó la cabeza en el hombro. Quedaron bailando así, más abrazados que otra cosa, y cuando acabó la canción y sonó algo de Cindy Lauper (¿o era de Blondie? Esa parte se torna borrosa), ella lo llevó a la barra para tomarse una cerveza. Pero no a la principal: a la de abajo, más calmada.

Santiago me contó esta historia el lunes siguiente, mientras hacíamos fila para comprar ramen en un sitio de Avenida Chile. Yo les había perdido la pista por más de una hora y cuando los encontré estaban besándose de una manera desaforada en uno de los sillones del segundo piso. Él me echó el cuento luego de que durara toda la semana pidiéndole explicaciones por Whatsapp y siendo ignorado olímpicamente, pero lo que me dijo me dejó noqueado, y por eso me atrevo a contarlo aquí, hoy ante ustedes.

"Parce", me dijo, "Rubén Albarrán tenía razón, el amor es bailar. Para él era una canción de sexo entre hombres, pero para mí fue con Lucía".

Y hoy, aquí, acompañados de sus seres queridos, familiares, amigos y sobre todo el uno del otro, solo puedo decirles que me hace muy feliz ver que dejaron de ser dos solitarios bailando, y que como todos los que los acompañamos hoy, espero que nunca dejen de bailar.

viernes, 11 de mayo de 2012

Lágrimas en el paraíso

"Qué te pasa?"


Al fin estaba con la mujer más hermosa del mundo. La mujer de la que había estado enamorado desde la primera vez que la vi, en la inducción a la universidad. Aquella de la cual estuve detrás durante un buen tiempo, aunque la cosa era un poco difícil porque ella estudiaba Economía y yo Finanzas. Ella, con la que casi nunca pude cruzar palabra cuando estudiábamos porque no tenía la valentía para hacerlo. En fin, ella.

Aunque nos habíamos añadido a Facebook como cualquier persona lo hacía entonces, no era que habláramos mucho. Debo reconocerlo, ella me encantaba y más de una vez me masturbé a su honor, sobre todo cuando puso fotos de sus vacaciones en San Andrés. Hasta un día en el que ya no recuerdo qué dijo, yo comenté todo lo contrario en su post, ella se puso en el chat para abrir la discusión. Y ahí entré a conocerla mejor, a ver que era brillante además de hermosa. Que de puertas para afuera, ella tenía todo para ser la mujer perfecta.

Pero ella tenía graves problemas personales, de puertas para adentro. Se había mudado con su novio de toda la carrera a Medellín. Pero él empezó a tener un cuento con una compañera de su trabajo. Ella no lo supo hasta que alguien le pasó fotos de la pareja en Isla Margarita. Ese día estaba destrozada, y yo en algo la consolé por el chat de Facebook. Ahí me convertí en su confidente, y empezamos a hablar mucho más seguido, primero por Facebook, luego Messenger, Twitter, PIN de Blackberry, Skype, teléfono.

Hasta esa noche. Ella había viajado a Bogotá por una capacitación, y me dijo que quería que saliéramos. Yo estaba pasando hojas de vida luego de un trabajo breve, obviamente sin un peso, así que le respondí que si quería, viniera a mi casa y yo le cocinaba algo. Ella aceptó, y acá estábamos. No había mucho que decir, así que comimos los espaguetis que le preparé, y le dije si quería ver una película. Aunque tampoco la vimos mucho, nos quedamos un buen rato ahí, callados, en el sofá del apartamento, yo consintiéndola. Pero otra vez la cobardía me dominó. Quería besarla, pero temía romper el momento.

No sé cuánto tiempo pasó en ese tenso equilibrio. La situación era perfecta: no nos habíamos tomado ni un trago, mi roommate no iba a llegar ese día, estaba todo hecho para una noche salvaje de sexo como las que había soñado viendo sus fotos de vacaciones en San Andrés. Pero no podía, sólo pude besarla pero al intentar desabotonarle la camisa, la película acabó, y mi computador reprodujo una canción que tal vez simboliza todo lo que me pasó esa noche...


Tal vez ese fue el problema. La noche era demasiado perfecta, y por eso mi cobardía me dominó. Tal vez lo que no quería romper era ella, no pertenecía al paraíso. La mujer más hermosa del mundo. El saber que nunca la podría volver a tener. Y sólo cuando caí en cuenta de eso dejé de lastimarme. Porque me di cuenta que cerrando esa puerta, no habría más lágrimas en el paraíso.

jueves, 3 de mayo de 2012

Escribiendo la ficción

...y el sol asomó en el horizonte, con el último suspiro del conde de Freichstag.

FIN.

¿Cómo que "fin"?

Qué pasa? Quién me está hablando?

Soy yo, tu personaje. Por qué me dices que "fin"?

Pues, porque se acabó tu historia. Ya hiciste lo que tenías que hacer: ganaste. ¿No estás contento?

Es posible, pero de todos modos quiero saber qué pasa conmigo después de esto. Maté al conde de Freichstag, y luego ¿qué?

No lo sé, no es mi...

¿Cómo que no lo sabes? Tú sabías qué demonios era lo que me iba a pasar al encontrarme con el conde. ¿Ahora me vas a decir que no sabes qué va a pasar conmigo? ¿Tú, que incluso hiciste que fuera quien soy?

Bueno, sí, pero tampoco te...

Entonces, ¿qué va a pasar conmigo? Responde!

A ver... yo sólo sé que tú mataste al odiado conde de Freichstag. Luego me imagino que serás un héroe. Un héroe con celebraciones, desfiles, fiestas, pondrán tu nombre a una calle, te harán estatuas...

Eso es muy bonito, pero no me satisface. Eso es lo que hará el resto del mundo conmigo. Yo sólo quiero saber si voy a vivir bien, si voy a tener una esposa, hijos, o algo.

¿Y cómo quieres que lo sepa? ¡Ni siquiera sé qué voy a hacer yo mismo!

Entonces... tú tampoco lo sabes.

Tampoco... ¿Tampoco qué?

Tú no sabes qué va a pasar contigo, tampoco. Tu escritor debe ser pésimo, también.

¿Mi escritor?

Sí. Tú debes ser así porque te están escribiendo mal. Por eso no sabes tu final. Porque tu propio escritor no te lo ha designado.

A mí nadie me está designando nada. Yo soy libre de hacer lo que quiera.

¿Seguro?

Por sup

(N. del C. de R.: Por supuesto que no.)

Oh, Dios...  

jueves, 1 de marzo de 2012

La caminante


- Y ahora nosotros, qué?

Se habían conocido en el periódico. Mónica era una reportera novata, ávida de comerse el mundo pero que tuvo que estrellarse con la realidad: tendría que empezar con los trabajos más desagradables, los cubrimientos que nadie quería cubrir. Guillermo era un fotógrafo veterano, un gran personaje, que había llegado a conseguir premios con sus imágenes, pero que en el periódico realizaba una labor casi docente: el editor lo mandaba con los practicantes y novatos, para darles cancha a ellos con un expertoy hacer que perdieran el miedo escénico.

Mónica era una reportera atractiva. Su marcada delgadez, que no impedía que se le marcaran dos senos redondos en su blusa, hacía que se viera más alta que el 1.70 que medía. También le daba una apariencia delicada, cortada por la fiereza de sus ojos oscuros e inquisitivos y por su largo pelo cobrizo. Y esa fiera mirada la convertía en una mujer echada pa’lante, la novata que menos necesitó de la ayuda de Guillermo para lanzarse a preguntar, a veces demasiado incisiva, pero siempre precisa.

Y por eso mismo, él quedó atraído por la recién llegada. Un día que iban a cubrir un feo incidente en Paloquemao, Guillermo se lanzó a la loca a decirle que se tomaran una cerveza al salir del trabajo. Ella aceptó, aunque con alguna reticencia. Total, si algo se devolverían temprano y no pasó nada, se dijo. 

Esa salida hizo que Mónica se sintiera atraída por el maduro fotógrafo, con un humor excelente y capaz de salpicar su conversación con todo tipo de anécdotas laborales y personales. Las horas pasaron y las anécdotas se convirtieron en infidencias, las cervezas en aguardientes, las infidencias en confesiones y en besos, y finalmente se llevaron al borde de la borrachera el carro del periódico, tomaron rumbo a Chapinero y se desviaron atraídos por las luces de neón.

Mónica no estaba segura de qué pasaba. Se habían besado como si nada tras el primer trago de aguardiente, pero de un momento a otro la lujuria se los llevaba puestos. Y los besos se prolongaban, se acompañaban con caricias y toques; cuando Guillermo le propuso ir a un motel, ella aceptó de inmediato. Se manosearon hasta el alma en el ascensor, pero al llegar él la sirvió como un banquete; la desvistió con calma, repasando lentamente cada centímetro de su piel, primero con las manos, luego con la lengua; la masajeó cuidadosamente, tuvo tiempo de catar generosamente sus salsas y finalmente procedió a comer el plato caliente; con gran esmero disfrutó cada mordisco, cada gemido y cada contracción. Mónica se sentía en el paraíso, e incluso le dio la oportunidad de recibir una segunda porción.

Guillermo, con una resaca ligera por el aguardiente y agotado por la falta de sueño, se levantó a fumarse un cigarrillo. Mónica, con la piel de gallina por lo que acababa de suceder, lo vio en la contraluz tenue del amanecer. Ya no era el compañero de trabajo que se sentía casi paternal cuando la aconsejaba en los cubrimientos, ni el brillante periodista lleno de historias con una frase ingeniosa para cada situación: era un tipo con cierta barriga de más de 40 años que tiraba muy bien, sí, pero que podía ser fácilmente su padre. Se sintió vulnerable y vulnerada.
 
- Y ahora nosotros, qué? - dijo dubitativa mientras su pareja se ponía los calzoncillos.
- No lo sé - respondió Guillermo. - Sólo sé que en el periódico no pueden enterarse.
- Claro, las relaciones entre empleados.
- No. Si se enteran, mi esposa me mataría.

Esa misma tarde, Mónica presentó su renuncia al periódico y compró un tiquete aéreo. Con las credenciales que tenía, estaba segura que iba a conseguir un excelente trabajo en Buenos Aires.


sábado, 25 de febrero de 2012

La huida

La buseta se detuvo un momento. La mañana apenas empezaba a despuntar, envuelta en la densa bruma del bosque que rodea la carretera, lista para ser agarrada. Adentro, la gente dormía el largo viaje que había iniciado antes de ponerse la noche, y los ligeros ronquidos eran interrumpidos por el ronroneo del motor de la buseta, y por un ligero pitido de vez en cuando.



Elisa se despertó al sentir que la buseta se detenía. Ya lo había hecho anteriormente, cada vez que paraba. Su hijo, plácidamente dormido contra su pecho para que no le afectara el frío cruce del páramo, no compartía sus temores. ¿Qué sería? ¿Alguien se iba a subir? ¿Pasaría lo mismo que cuando estaban llegando al Espinal, que casi la mata el Ejército de un susto? Ella se tranquilizó cuando el bus volvió a echar a andar y no se subió nadie. Habían simplemente pasado un peaje.

En el viaje, prácticamente no había podido dormir desde que salieron muy temprano, el día anterior, de la vereda rumbo a la cabecera de Planadas. Normalmente, bajaba al pueblo por ahí tres veces al año, para comprar ciertas cosas que la vereda no tenía. Era normal que los parara la guerrilla en un retén, ya estaban acostumbrados a esa rutina: subirse a la chiva o el campero, mirar qué había, decir que no hablaran mucho en el pueblo con la policía, irse. A veces les daban leche, una fruta o algo que llevaran. Las dos chivas y los tres Jeeps eran conocidos de los milicianos.

Pero hacía un mes habían matado al líder del frente en una operación militar. El nuevo cabecilla era un tipo duro, que alguna vez había intentado matar a Elisa porque no se quiso acostar con él, antes de casarse con el hijo del tendero. De eso hacía dos años, y el niño de pecho que dormitaba sin inmutarse por el hedor que comenzaba a dominar el ambiente mientras el bus bajaba traqueteando la montaña, fue el resultado de esa unión. Hasta anteayer.

Unos muchachos desconocidos, de unos 15 años, entraron a la finquita que tenían ellos, y acusaron al hijo del tendero de ser un colaborador con el Ejército. ¿Por qué? No le dijeron. Los muchachos venían con una orden del nuevo líder del frente de matarlo, pero sin dispararle. Usted vale muy poco para gastarle una bala, le dijeron. Así que lo amarraron a un árbol de mango, lo comenzaron a golpear y a decirle hijueputa, vendido, ladrón. También le dieron unos golpes a Elisa, que tiene algunos moretones en los pómulos y en las piernas. Luego de que se cansaron los pelados de coger a puño al hijo del tendero, lo soltaron. Le dieron 24 horas para irse de la finquita, o los matarían a todos, empezando por el bebé que lloraba en una hamaca.

- Pues si me van a matar, mátenme de una vez, porque ni mi esposa ni mi bebé ni yo les vamos a dar el gusto de irnos - replicó el hijo del tendero, y escupió las botas de uno de los guerrilleros.

"Vendido hijueputaaaa!" le gritó este, sacó un cuchillo de su cinturón y le cortó el cuello de un tajo. Le rompió rápidamente el pantalón y le cortó los testículos, los cuales echó, chorreando sangre, en una bolsa. Se volteó a mirar a Elisa, petrificada por lo que había visto recién, y le dijo "tiene un día para irse, o las huevas del niño van acá. Y sus orejas también."

Al día siguiente cogió el primer campero para Planadas. Se llevó todo el dinero que tenía, dos mudas de ropa y los pañales del niño y le preguntó al del campero que cómo hacía para irse a un lugar lejos, lo más lejos posible. "Vea, vaya a la agencia del Rápido y coja un bus para Ibagué que sale en una hora, y no se baje hasta que llegue al terminal. Ahí en Ibagué pasan buses para todo lado." Cuando paraba el yipao, ella temblaba de miedo porque creía que era un retén de la guerrilla, y que se subirían los muchachos que iban a matar a su hijo.

Y así fue en todo el camino, cuando Elisa se subió al bus de Planadas, cuando se bajó en Ibagué en el terminal y le pidió ayuda al conductor del Rápido, que le dijo "señora, si yo fuera usted me iba a Bogotá, que ahí el gobierno sí le ayuda." Y por eso estaba ahí, sin saber a dónde llegar, en qué trabajar, ni qué hacer cuando se bajara de esa buseta, que entraba por la Autopista Sur en medio del penetrante frío del amanecer en la sabana.


(N. del C. de R.: dedicado a los centenares de miles de colombianos que han tenido que dejar sus casas para salvar sus vidas)

sábado, 28 de enero de 2012

Ay, rojo, no me mates

Ernesto Gamboa intentaba mantener la serenidad pero era incapaz. La ilusión lo dominaba en esa tarde soleada entrando a la tribuna occidental sur del estadio capitalino. Ahí estaba como en el 2005, viendo a su equipo del alma, su rojo, apuntarle a un campeonato. Uno que ya llevaba 37 años siéndole esquivo; los 37 que él había vivido. Hasta su nombre se lo debía al equipo cardenal: su padre, sobrino de uno de los estudiantes del Rosario que un día, departiendo entre los tintos del Café Pasaje, decidieron crear un equipo de fútbol y llamarlo Independiente Santa Fe, le puso dicho nombre porque ese día Ernesto Díaz, ídolo de la afición santafereña, había anotado señor golazo contra Paraguay, en la Copa América. Y él, que consideraba buen augurio que su primogénito hubiera nacido el 20 de julio, le puso el nombre de su ídolo, que tantas veces había hecho celebrar a los hinchas del león.

Porque Ernesto Gamboa heredó de su padre la afición a Santa Fe. Uno de sus primeros recuerdos era en el 78, con tres años: ver a su padre marchar al Campín, a un clásico por el título. Y esa noche verlo entristecido, y él, que no sabía por qué, le preguntó. “Perdimos, hijo, los de Millos ganaron otra estrella”, le dijo su padre. Y él, con su chaqueta roja, abatido, sentado en su poltrona favorita, viendo el televisor sin prenderlo, porque sabía que si lo prendía, ahí estaría otra vez la imagen de Willington Ortiz celebrando el tercer gol, el negro Mina Camacho en el suelo, vencido, los hinchas azules gozando su undécimo título.

Un título, nunca lo había vivido. Aunque estuvo cerca. Cerca estuvo en el 87, cuando ya tenía edad para que su padre lo dejara ir al Campín sin tener que ir con él, e iba con sus amigos del barrio a la tribuna sur porque era la más barata. Y ahí lo vio a Taverna, el increíble delantero cardenal, cobrando pasito un penal, a las manos del arquero de Millonarios. Desde ahí aseguró él que Gacha, el narco dueño de Millos, había sobornado a Taverna. Y nunca nadie le quitaría de encima esa idea.

“Ay, rojo, no me mates”, susurró Ernesto Gamboa al ver cómo salía corriendo el delantero rival, pero su tiro fue desviado por el arquero rojo, un chico de la casa, que había hecho el gol de la victoria en un clásico del semestre anterior. Ya estaba acostumbrado a eso, a ver cómo su ilusión de título era constantemente aplazada por una acción en el último minuto.

El partido definitivo es otra vez contra Millonarios. Como en el 78, como en el 87. Como el primer día del campeonato, cuando el golazo de Omar Pérez no fue suficiente para que Millos no ganara. Como no había podido ser hacía seis meses, cuando incluso los periódicos titularon final bogotana, pero Santafecito no pudo con el Caldas en un partido que no pudo ver porque se suspendió por lluvia y se tuvo que jugar en la mañana, y las gallinas hicieron eco de su apodo botando tres goles de diferencia contra el Junior.

“Ay, rojo, no me mates”, dijo Ernesto Gamboa viendo a Rodas lanzar un tiro flojo que no tuvo ninguna dificultad el arquero embajador en atajar. Esta vez no había Tavernas, pero tampoco había Cousillas al frente. Y además estaba harto de jugadores que, por dárselas de Messi o Cristiano, se creían capaces de hacer cinco amagues frente a la cancha, para que al final el defensor recuperara la pelota y la botara a banda.

Clásicos los había vivido todos. Los dolorosos, como cuando por jugar Libertadores tuvieron que llevar suplentes y Millonarios les pasó por encima. Sobre todo los gloriosos, como cuando celebró y se la montó a sus compañeros azules de universidad por el mítico 7-3 del 92. Él estaba en primer semestre, y se hizo conocido por su fanatismo a Santa Fe. Incluso armó un combo para ir al estadio con otros amigos y compañeros de estudio afiebrados al cardenal, y así fueron a muchos partidos, gritaron goles, lloraron derrotas, y estuvieron en aquella final de la Conmebol que perdieron contra un equipo ignoto argentino de camisa granate, un tal Lanús. Y él, Ernesto Gamboa, que había oído de su padre las maravillas de Cañón y Díaz, que había visto cuando niño a Gottardi y Odine, se hizo fanático de Léider. Y celebró como nunca cuando Léider le metió tres a un Millonarios en quiebra, por haberse dejado comprar por los narcos.

“Ay, rojo, no me mates”, dijo Ernesto Gamboa cuando vio que Bedoya se ganó una tarjeta amarilla más. Bedoya, amarilla ambulante, pero qué gran volante de marca. No como Pimentel, por supuesto; Bedoya se gana las amarillas por jugar fuerte, Pimentel se las ganaba por chambón y tropelero. No son comparables.

 Y Ernesto Gamboa gritó gol. Un ligero dolor en la boca del estómago no le iba a impedir que gritara como loco cuando por fin, Anchico logró recuperar el balón, logró romper con un pase la línea de defensas de Millonarios, y dejó a Cardona para que la pusiera suavecita contra el palo derecho de la tribuna norte. Callados los azules, que llevan ya 24 años sin celebrar. Gritando los rojos que iban a acabar con una sequía de 37. Los 37 que él había vivido, muchos de ellos susurrando como en un rezo, para intentar conjurar la mala suerte, “ay, rojo, no me mates”.

Porque para él había sido duro ser fanático de Santa Fe. Ver por televisión cómo se perdió el título del 2005 en Medellín. Se sintió morir cuando Luis Yánez perdió un contragolpe clarísimo contra el arquero verde, con el partido en ceros, y que en tres minutos le acabaran los sueños. No volver a ir durante un tiempo a los clásicos, porque un día del 2001 fue con chaqueta roja y él, que siempre había parqueado junto al Palacio del Colesterol, casi fue aniquilado por unos vándalos con camisetas azules. Desde ahí empezó a dejar el carro en Galerías, y sólo a ir a occidental donde podía gritar igual, pero no le llegaba el hedor a marihuana de los pelados en sur, que no veían el partido por andar saltando y gritando, que se creían más argentinos que colombianos, y que eran capaces de matar a alguien si lo encontraban con la camiseta de Millonarios.

Poco a poco se estaba acercando el minuto 90. Cada vez era más fuerte el grito de los hinchas cardenales, que veían a su equipo dominar tranquilamente, y al azul intentar sin tino ni precisión. Cada vez era más fuerte el malestar de Ernesto Gamboa en el pecho, y él gritó, de forma tan sorpresiva como el contragolpe del lateral de Millonarios que por poco se le mete a Vargas “ay, rojo, no me mates, que he estado toda la vida esperando para verte campeón”.

Tomó agua y una aspirina que llevaba en el bolsillo, para bajar el dolor. Tres minutos de adición. 20 mil personas de rojo empezaban a gritar “campeón”, mientras las otras 20 mil de azul permanecían resignadas, esperando que se abrieran las puertas del estadio. Ernesto Gamboa sintió que el dolor cedía un poco, tuvo ánimo incluso de pararse, y de gritar él también “campeón, rojo campeón”, y aplaudir.

Pero él no iría a celebrar más. Su corazón, ese que desde que su padre le indujo el amor al equipo de Cañón y Pandolfi estaba reservado únicamente para los cardenales, no lo resistió. Cuando el árbitro central pitó la terminación del encuentro, Ernesto Gamboa quiso saltar pero no pudo. Se desplomó en el suelo, fulminado por un infarto que lo había estado acechando desde que Cardona metiera el gol. Cayó de bruces en la fila de adelante, ignorado entre la turba que lo rodeaba, que se abrazaba y lloraba de la felicidad por ver, en el caso de muchos, por fin a su equipo del alma campeón.

Su corazón, que tantas veces había sentido roto por los goles de último minuto, por los resultados en otros estadios que eliminaban a su equipo de cuadrangulares, por los que preferían hacer 10 amagues y perder el balón a disparar con arquero vencido, por los tiros que se iban a Galerías o el Coliseo, por los que no eran capaces de hacer ni un pase, ese corazón no pudo más cuando Ernesto Gamboa cayó en cuenta que iba a ser campeón. Y caería fulminado, en esa luminosa tarde de junio que empezara con un cielo azul sin nubes blancas, y que ahora se despedía en fulgurantes rojos y naranjas de la Sabana de Bogotá para darle paso a la noche y a las celebraciones cardenales.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Barba azul

(N. del C. de R.: el siguiente post acompañó mi postulación al concurso "Esa barba que raspaba como lija". Espero que sepan comprender que, ya que no tramo de barba, intenté tramar de historia; y a mi profesor de Artes Narrativas le gustó -!-)

Pereza, madre de todos los vicios. Y de casi todas las barbas. La mía, por ejemplo: mi barba es una oda a la locha de tener que levantarse con media hora de antelación, tomar la Gillette y pasar, repasar y re-re-re-repasar sobre la cara hasta quedar hecho uno un tomate. De ser un Papá Noel cada dos días, por la espuma. De encontrarse que quedó uno mal afeitado, y en la articulación de la mandíbula quedan 10 pelos por las que se la iban a montar todo el día a uno en el colegio.

Mi mamá no entiende de perezas. Ni de barbas. Le molestaba que mi papá saliera todos los días a las 5 a afeitarse con máquina eléctrica, despertando a toda la casa con el escándalo; pero se puso peor cuando él se cansó de la rutina y, aprovechando un viaje al Cocuy de una semana, duró tres meses sin pasar 15 minutos frente al lavamanos viendo caer pedacitos de pelo, que le hacían falta por estar quedándose calvo. Yo heredé de mi papá la calvicie prematura, y la barba en lugares incómodos, como los pómulos.

Mi mamá no entiende de barbas, del poder que le da a uno a los 22 años la barba, el de ser un hombre adulto con el derecho de no afeitarse si se le da la gana, en vez de un chino imberbe. Ella me regaló hace un par de años una máquina eléctrica, “para que esté bien afeitado”. Yo me recorto con ella los pelos de las mejillas, cada dos días, y así la barba queda bien delineada y se me ve bien, creo.

Porque no a todos se nos ve bien la barba. A mí se me ve peor recién afeitada. Se me irrita el cuello, y me toca andar un día con la camisa abierta y mostrando pelo en pecho, cual gamonal de pueblo, porque me incomoda el cuello de la camisa y su roce en la papada. Luego la lija, las ganas de afilar lápices en la mandíbula para calmarse el escozor y para probar que de verdad raspa. Una semana después, vuelven a asomar a la vida, los tres pelos que uno odiaba en su pubertad se vuelven un bosque y orgullo del portador, interés de los (y las) que están alrededor de uno.

No es luenga como la de Rafael Núñez (ref. billete viejo de $5000). No es una densa selva de blanco cabello como la de Hemingway. Tampoco es una barba llena de símbolos y emblemática, como la de Fidel Castro. Pero como mi papá dice cuando se le recuerdan los defectos de su camioneta Renault 18, “es mía y por eso la quiero”. Y por eso la mantengo en forma. Incluso, a veces, por eso la acabo, para que mejore. El evangelio dice: “el grano que muere  dará en abundancia un fruto nuevo”. A la barba, la afeito con esa misma esperanza: que dé en abundancia vello facial nuevo y mejor.

martes, 5 de abril de 2011

El amor libre

Estoy enamorada. De una forma absurda. Siempre creí que mi príncipe azul (por el jean Diesel, obvio) llegaría a mí montado en un brioso corcel BMW, plateado y cabriolet. No esperaba menos, así me criaron mis papás. Desde antes de salir de Puerto López a estudiar administración en Bogotá, ya conocía los Estados Unidos. Y no fue más que llegar a la capital para recibir mi propio apartamento en Chapinero Alto, mi carro (eso fue después que resulté becada), tarjeta de crédito y celular postpago, y una excelente dotación para estar siempre con lo último.

Y tampoco lo voy a negar. Soy atractiva y creo que debo usarlo como mejor me guste. Y en ese entonces era aún más atractiva, lo sé. Iba al gimnasio todas las mañanas, al salón de belleza todas las semanas, a broncearme en Melgar o Villeta cada mes, y a comprar ropa y zapatos cada dos meses. No escatimé en nada entonces, sólo en la comida. Era una mujer que, al bajarme del Twingo o del taxi en la universidad, estaba segura que podía llamar la atención sin necesidad de ser estridente. No importaba que sea un poco más bajita que el promedio, eso lo compensaba con el cuerpazo que me gastaba y la habilidad de seducir sólo a quien necesitaba.

Y así lo hice. El profesor Samper, que estaba a punto de joder mi historia académica hasta que me jodió de otra forma y se le jodieron los planes con un 4.5 de nota final, que tecleó todavía sudoroso en su planilla final desde mi computador, en mi alcoba. El brillante Rada, feo pero un sacrificio útil, que me ayudó a pasar sin mayor esfuerzo la matemática. Jesús Olaya, al que se le daban tan bien los ensayos como el sexo oral. Por supuesto, también estaban los amantuchos de pacotilla, los one night stands, y las relaciones de tres meses para que las exposiciones dejaran de ser una tortura y se volvieran un paseo, y si gozaba, mejor.

Pronto corrió el chisme: que yo era una perra. Y dolió, para qué negarlo. Pero siempre me impuse; como les dije antes, sólo me comía a los que me importaba. Nunca nadie me pudo emborrachar y llevarme a la cama, porque si algo heredé de Puerto López, fue un hígado resistente y la experiencia: así perdí la virginidad, y me juré que nunca me iba a pasar de nuevo. Tampoco cometí lo que se llama "un error": cada one night stand era alguien a quien quería comerme y nada más. La única relación "seria", si quieren llamarlo así, es la de Olaya, pero no porque fuera el mejor amante (cuando estábamos cuadrados tuve muchos polvos mucho mejores, aunque cómo me lamía...) sino porque era el mejor escritor, y yo estaba siempre preparada a que él, luego de terminar sus ensayos, ensayara toda suerte de posiciones para creerse él el mejor polvo. Y yo fingía cuando tocaba, y disfrutaba cuando podía.

Así llegué a la pasantía, y me gané lo que mi mamá llamó "un puestazo". Una pasantía remunerada en una multinacional, en planeación de proyectos. La expectativa de que el puesto sería mío al terminar esos seis meses. El sueldo. que me aseguraba la independencia y la posibilidad de viajar cuando se me diera la gana. Y un jefe supremamente atractivo, un inglés elegantísimo y caballeroso, y al mismo tiempo, bebedor empedernido, aunque algo retraído. Todo estaba listo, mi vida sería una maravilla.

Aún así, no fui feliz. El trabajo fue muy duro, y por tanto me tocó dejar de ir al gimnasio: no podía llegar a la oficina muerta, ni qué decir a la salida. El sueldo me satisfacía, pero estaba bebiendo cada vez más y bailando cada vez menos. Y además, mi jefe resultó ser un sádico, que quería convertirme en su esclava tanto en la oficina como en el reservado del Radisson que tenía. El día que le dije que no quería irme con él a Cartagena de puente, la pagué caro: toda su frustración se la dio al trabajo. La tensión me tenía loca, y el colmo resultó ser que mi jefe directo diera su veredicto: aprobaba la pasantía, pero esperaba un nuevo pasante el otro semestre. No había dado la talla para trabajar con él.

Esa semana, mi príncipe azul llegó de otra forma. Me le presenté: "mucho gusto, Tatiana". Lo primero que dijo: "Lindo nombre, linda mujer." Y su voz me cautivó, su mirada me mató, y su habilidad de seducción me atrajo irreversiblemente. Una sensación increíble se apoderó de mí, no puedo explicarla. Ustedes entenderán: se fue al carajo mi idea de un príncipe en BMW, ahora lo había reemplazado por quien tenía al frente.

Hoy también está al frente, en la bañera. También descubrí que era buen polvo; esa misma noche, de hecho. Y ella estuvo en mi graduación, porque mi papá nunca aceptó que me metiera en esta relación, y prácticamente me desheredó. Pero ahora estamos felices, nadie nos molesta. Mamá me sigue girando plata, pero ya no hay apartamento ni carro para mí. Mi trabajo actual no importa. Vivo con mi amor, y Paula, mi propia princesa azul, resultó sacando la lesbiana que casi todas las mujeres llevamos dentro. Ese es el amor libre, y las dos estamos enamoradas y libres. ¿Qué más podemos pedir?

lunes, 28 de marzo de 2011

La obra maestra

(N. del C. de R.: dedicado a María Clara en Medellín, que cree que yo soy mejor escritor que ella. Aunque me parezca que esté equivocada).

La pluma se mueve de nuevo. El autor se detiene a pensar. Consulta su diccionario y encuentra la palabra indicada. Da un sorbo a su café y teclea rápidamente. Ve en la pantalla su expresión plasmada tal y como la desea, sonríe y se arrellana en su silla ergonómica, de cuero. Vuelve a teclear tres veces, escribe la palabra que le resultaba tan esquiva unos meses atrás, y que hoy es la única que puede añadirse a su escrito, a su obra maestra: "FIN".

Lo ha conseguido el autor. Cada palabra está en su sitio. No hay comas que falten, no hay un salto de línea que sobre, no hay ideas que se presten a malinterpretaciones. Su última obra, mucho mejor que las dos anteriores, está lista. El autor cierra los ojos, satisfecho, y ve los titulares. No habrá editor que se resista a publicarla; al fin y al cabo, en este país publican cualquier basura, con mayor razón publicarán la obra maestra. Todos los críticos la alabarán, incluso los que se dedican a acabar con todo y con todos por físico placer. Será la obra más leída, y el autor sabe que no necesitará ser prepago ni político corrupto para asegurarse que la vendan. Oh, no, él tiene mejores planes.

El autor llama a un amigo muy cercano, que trabaja en un periódico. Sí, por fin terminé la obra maestra. Claro, si quiere ya mismo se la mando. No, todavía no la he mandado a los editores, pero apenas se la mande a usted, se la mandaré a ellos. Claro que estoy dispuesto a unos whiskies, pero cuando me acepten la obra. Listo, hasta entonces.

Envía el correo electrónico el autor. Toma un último sorbo a su café. Enciende un cigarrillo, y da una bocanada de humo. De un cajón de la mesa sobre la cual está su computador y su obra maestra, saca una caja muy decorada, antigua. Abre la caja, y pone su contenido encima de la mesa. El revólver de su bisabuelo, que de mano en mano ha pasado por toda la familia. Un arma muy elegante, que ha sobrevivido varios duelos, y que mantiene una bala nada más, en la caja, junto a su fina culata de marfil.

El autor juguetea con la bala, con una mano. Deposita las cenizas de su cigarrillo en el cenicero, con la otra. Una mota cae sobre el cañón bruñido del arma: amorosamente, el autor la limpia con un trapo de terciopelo, hasta dejar brillante la superficie del revólver. El autor inserta la bala en el tambor del revólver, y le da vueltas. Finalmente acomoda la bala en el martillo. Se lleva el revólver a la sien izquierda. Cierra los ojos. Hunde su pulgar izquierdo en el martillo, escucha un chasquido, y presiona con el índice izquierdo el gatillo.

La detonación lo hace abrir los ojos de nuevo, pero el autor los cierra con fuerza. Mientras afuera del estudio alguien intenta abrir afanosamente la puerta, él suelta el arma. Se desploma sobre el computador. Su cerebro, capaz de crear una obra maestra, se derrama sobre la mesa. Cada vez se le hace más borrosa la imagen mental, los titulares del día siguiente: "Distinguido escritor acaba con su vida". "Afamado novelista se suicida tras terminar su último libro" "La obra final: autor termina con su vida después de escribir su obra maestra" "Editoriales se disputan novela póstuma del escritor suicida". La vida se le va en borbotones por el parietal derecho.

Cuando su hermano, con quien vive, logra abrir la puerta del estudio, encuentra al autor, muerto y sonriente, y en la pantalla, todavía brilla el mensaje de correo que le dejó a su amigo, junto a su obra maestra: "Ya no hay más que escribir, ya lo he dicho todo".